Entre sol y nubes, alegría y mesas pantagruélicas: un año más San Isidro

San Isidro Labrador

Pájaro que nunca `nía´

Déjate de tanto cuento

Y agárrate al `arao’

 

El dicho irreverente que señalo solía repetirlo por estas fechas Isaías Granizo, aprendiz y oficial que fue en la sastrería de mi abuelo, Juan Luís Rodríguez, y alrededor del cual nos criamos tanto mis hermanos y yo como mis primos los Pastor Rodríguez.

Salvada la entradilla, voy al fondo de lo que quiero contaros y que no es otra cosa que lo acontecido alrededor de la festividad de San Isidro celebrada en estos lares el pasado sábado, día 13, por el aquel que ahora se lleva de trasladar las fiestas laborables a festivos para su mayor goce y disfrute “por la ciudadanía” que diría algún político, o “por el pueblo” que se decía en la Transición.

Como ya les adelantaba el citado sábado, (http://www.deaceboyjara.com/2017/05/13/la-foto-y-su-pie-dia-de-san-isidro-adelantado) fue el santo pródigo en agua en los días anteriores a su festividad, cosa que vino bien a los campos resecos y curtidos por la larga falta del citado elemento. Pero al fin y al cabo, y conocedor de sus gentes, permitió que el día, que amaneció cerrado de nubes y un tanto fresco, fuese abriendo a la vez que el termómetro subía. Todo ello animó a los romeros que, rápida y entusiásticamente, cargaron bártulos y meriendas en los coches y se dirigieron a la pradera berzocaniega a honrar al santo patrón de labradores y ganaderos y también a sí mismos en un día de campo y confraternización.

Allá acudimos también Maribel y yo dispuesto a cumplir con la tradición y acogiéndonos a la invitación de las gentes de la Charca del Puerto que ya se encontraban bajo la encina correspondiente cuando llegamos. Y digo lo de la encina, porque he observado que familias y grupos tienden a colocarse año tras año bajo una determinada (cual si hubiese una querencia especial) alrededor de la cual, y protegidos por su copa, amplias y frondosas todas, instalan mesas y sillas, pues aquello de sentase en el suelo como antaño ha quedado ya en el olvido.

Como habíamos llegado apurados de tiempo hubimos de incorporarnos a todo trapo a la procesión. Se efectuó alrededor de la capilla aunque fueron más los que se quedaron en sus lugares de acampada que los que acudieron a la misma. Por un momento me preocupé. Los feligreses, más bien feligresas en este caso, comenzaron a cantar con entusiasmo el himno que en sus comienzos reza. “Glorioso San Isidro/ del labrador patrón/ protege nuestros campos/ y condúcenos a Dios/….. Que me perdonen mis paisanas pero pensé que en cualquier momento el santo se bajaba de la peana y se encerraba en su ermita o enviaba un mensaje a su jefe y comenzaban a caer chuzos de punta en la dehesa. Y no tanto por haberlo cambiado el compás y el tempo de un 3/4 a un 4×4 y del allegro a un lento sino por el desafine y arrastre de sílabas al que se dedicaron con entusiasmo. Porque, lo reconozco, la entrega de los participantes fue totalmente loable.

He de destacar el remozado y adecuación de la moderna ermita hasta el punto de que tal parecía contar con años de acogida al culto. Mi felicitación a todos cuantos en ello intervinieron.

Acabada la precesión (nunca hay misa y debe ser por la falta de curas en las zonas rurales que no en Roma y en Plasencia) la gente se arremolinó en el lugar donde se celebraba una rifa de los objetos más insólitos que permite recaudar fondos para mejora la ermita y seguir organizando la fiesta. Por un euro, una papeleta y a buscar la suerte. Las risas y el jolgorio seguían a cada premio y entorno al afortunado que debía de aguantar puya y bromas.

Eché en falta una barra de bar pero Pepe Tejero se encargó de hacerme llegar una cerveza de las cuales había aprovisionado una nevera de viaje. Ello me lleva a contarles lo preparados que al respecto llegan los grupos. No falta de nada, ni un detalle ni un bocado. Ni café, ni chupitos, ni agua, ni vino, ni postres, ni galguerías.

Humeaban las fogatas y paellas y barbacoas llevaban sus olores entre las encinas, aunque no sé si éstos también llegaban a vacas, ovejas, gamos, ciervos o jabalíes. Sí lo hacían a los que por allí nos encontrábamos que no tardamos en comenzar a hacer los honores a los productos que llenaban las pantagruélicas mesas. No me pongo a relacionarlos porque me llevaría un par de días, así que se lo dejo a su imaginación que seguro que los colocan todos en la mesa muy acertadamente.

Llenas las panzas, y con el espíritu en paz, procedía un paseo entre las encinas gozando de un campo verde y oloroso. Y así lo hicimos Maribel y yo mientras gentes de unos y otros grupos procedían a visitarse entre sí recibiendo invitaciones y agasajos de aquellos a los que se acercaban sin que faltasen la alegría y las bromas a las que son muy dados mis paisanos.

A medida que caía la tarde se produjo un fenómeno un tanto curioso. Como perduraban los fuegos de barbacoas y paellas se atizaron de nuevo y la gente sin acuerdo previo alguno, y ni tan siquiera primarias, se fueron sentando alrededor del fuego llegándose a crearse un ambiente más de matanzas o cocinas de invierno que de fiesta de primavera.

Tal nos ocurrió a nosotros que montamos una gran y amena tertulia en torno al fuego lo que llevó a Juan Hidalgo a decir que tan solo faltaban la sartén y las castañas o, como apuntó Juan Luis Torres, unas migas con pimientos y torreznos. Charlamos largo rato y nos reímos un montón contando anécdotas, dichos y aconteceres, de gran número de nuestros paisano que, por unos u otros menesteres, habían dejado huella en la historia del pueblo a lo largo de los años. Nuestras aventuras juveniles también tuvieron su hueco como era de razón y momento.

Y así se fue yendo la tarde entre bromas, cuentos y cuantiquinos; cafés, dulces y visitas de uno a otros grupo, con gran camaradería y sentimiento de pertenencia a una “ilustre villa” y a una historia que, aunque con minúsculas, ha venido confirmando un ser y un sentimiento a lo largo de generaciones. Nosotros, en San Isidro, en este años de 2017, no éramos sino un eslabón más en esta cadena histórica y de sentimientos y vivencias que se trasmiten de generación en generación.

Y así lo hicimos nosotros. Hasta el año que vienen si Dios y San Isidro así lo tienen a bien.

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