Remembranzas berzocaniegas: El mes de mayo y el rezo de “las flores”

Los que ya hemos entrado en la vejez (me repugna lo de la tercera edad) tenemos una acusada tendencia a la nostalgia y a la recreación de recuerdos, curiosamente, y por suerte, los más positivos y alegres.

Tal me sucede a mí, como muchos de mis seguidores ya habrán podido apreciar. Y vuelvo de nuevo a las andadas dado que, en cuando mayo abre sus días, me acuden en tropel múltiples vivencias y sentimientos de aquellos años idos. Y más aún si me encuentro en mi pueblo, en Berzocana, tal como ahora me sucede.

Ya he recreado en esta página como celebrábamos el mes de mayo a finales de los cincuenta e inicio de los sesenta en la escuela. Quienes no lo conozcan puede leerlo en (http://www.deaceboyjara.com/2013/05/22/remembranzas-berzocaniegas-mayo-el-mes-de-las-flores/) y aquellos que ya lo leyeron pueden recordarlo si así a bien lo tienen.

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No ha mucho, un joven me aseguraba que lo del Mes de Mayo era un invento de Franco y de los curas de entonces. No hubo manera de convencerle de lo errado de su opinión. Recordaré aquí que el mes de mayo, como mes dedicado a la Virgen María, comenzó a celebrarse allá por el siglo XIII (bastante antes de Franco como apreciarán) durante el reinado de Alfonso X el Sabio, tal como el propio monarca testimonia en sus Cantigas. Posteriormente, los pontífices Pío VII y Pío VIII, en el siglo XIX, favorecieron su práctica con la concesión de indulgencia plenaria. Bien es cierto que desde el final de la Guerra Civil hasta el inicio de los setenta gozó de gran predicamento. Y también es cierto que aún son muchos los lugares, este pueblo incluido, en el que se sigue celebrando aunque apreciamos mucha menos pompa y boato.

Por aquellos años a los que me refiero, los niños y jovencitas más pudientes utilizaban un pequeño devocionario que contenían las oraciones, jaculatorias y letanías que tenían que ofrecerse cada día, concluyendo con algún ejemplo edificante de utilidad para el devoto. El primero de ellos fue publicado en el siglo XVIII por el padre Lolamia.

El acto de “las flores” se celebraba cada atardecer en la iglesia y venía a ser también, amén de religioso, un acto social de reconocida importancia. Especialmente mozas y jovencitas acudía de punta en blanco destacando especialmente la importancia que se daba al velo con que las mujeres de entonces, obligatoriamente, tenían que cubrirse la cabeza para acceder al templo. Los domingos se celebraba más temprano, a eso de las cinco, para dar un poco más de tiempo a los jóvenes para acudir al paseo o al baile.

Tras el rezo del rosario, con los misterios correspondientes a cada día, se iniciaba el rezo, (más bien el recitado) de las letanías. El sacerdote lo iniciaba con Mater Admirábilis, Mater Salvatore, Virgo Virginum, Mater Salvatori, Virgo fidelis….., a lo que las fieles, a coro, respondía cada vez Ora pro nobis. La pronunciación del latín dejaba mucho que desear pero el lío solía producirse cuando el sacerdote cambiaba la cadencia de la cantinela y el público tenía que cambiar la respuesta. No eran pocos los que tardaban en darse cuenta del cambio y continuaban impertérrito con su Ora pro nobis.

-Agnus Dei, qui tollis peccáta mundi.
Parce nobis, Dómine.

-Ora pro nobis Sancta Dei Génetrix.
Ut digni efficiámur promissiónibus Christi.

Pero indudablemente, los momentos más alegres y entusiastas llegaban cuando se iniciaban los cánticos preceptivos de la fecha; desde el “Venid y vamos todos con Flores a María” del inicio, y creado especialmente para la ocasión, pasando por el entusiástico “Toma Virgen pura  nuestros corazones…” en el que gritábamos como posesos al llegar a lo de … nooo nooos abandoooneees…¡¡jamás!! ¡¡Jamás!!”.

Ya al final, después de todos los rezos, el sacerdote se iba al centro del altar revestido con capa pluvial y con gran solemnidad, especialmente don José Álvarez, entonaba en un tono más que alto del habitual, generalmente en La:

Saaaa..allll…veeee

Bajando un tono,( a Sol) el órgano que hacía sonar mi padre, Juan Luís Rodríguez, arrancaba arropando su voz:

-Salve Regina, Mater miserecordiae, vita dulcedo, et spes nostra, salve.

Y aquí sí que se vapuleaba al latín de manera inmisericorde, sobre todo al llegar a Eia, ergo, advocata nostra, illos tuos ….. Unos así lo hacían y otros tantos cambiaban el orden y se iban a la siguiente estrofa: Et Jesum, benedictum fructum ventris tui,con el consiguiente follón y enredo de frases y palabras entrecruzadas. Lo que era consustancial a los propios cantos, para todos los asistentes, era el gritar y el arrastrar las sílabas hasta casi romperlas.

A la salida, los hombres, que no solían ser muchos, la hacían rápidamente y en tropel, al igual que los jóvenes que, en el atrio, se colocaban estratégicamente para ver salir a las mozas. Éstas lo hacía siempre en grupos, muy animados y parlanchines y, conscientes de ser miradas, retrasaban la marcha, abundando en cuchicheos y miradas furtivas, rápidas y disimuladas, a los grupos de mozos. No hay que olvidar en aquellos años, el acercamiento entre jóvenes de distinto sexo era en muchos casos difícil, y más aún en un pueblo ( como en tantos otros) donde todos eran vigilantes en pro de la moral y las buenas costumbres. Tanto es así que D. Delfín Martín Recio, un párroco típico de aquellos años, y con un autoritarismo y genio de mil demonios, estableció e límite de los paseos vespertinos que en mayo se iniciaban en El peral de la mozas, un poco más allá del cruce de Solana, y hay de aquel, o aquella, que propases tales límites geográficos que venía a ser también los de la decencia y el espíritu religioso, especialmente en las doncellas. Incluso el acercamiento de unos a otros era especialmente controlado por don Delfín, algo que, posteriormente, siguió ejerciendo, aunque en menor medida, el que fue coadjutor con don José, don Matías Alonso Hurtado.

Creo que con esta descripción y la ya efectuada en el enlace en este escrito señalado, los más jóvenes podrán hacerse una idea de cómo se vivían en Berzocana los meses de mayo y los no tan jóvenes recordarlo.

Pero después de todo he de reconocer que aquellos niños y jóvenes éramos felices. Y sin tele, ni móviles ni Internet.

 

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