Aguas y nieblas finiquitan al verano

Quince de septiembre. La luz ha tardado esta mañana en correr los visillos de mi ventana. Remolón, abandono la cama calmosamente. Hace frío. Apetece el café caliente. Hay que soplar sobre él. Desde la ventana de la cocina observo como las nieblas tapan todo el valle del Narcea, desde Rengos a Cangas.

Llueve intensamente. Menos mal que tengo el paraguas en el coche. Esta precaución de tener tal artilugio cerca es muy entendible por los asturianos, bastante menos por los extremeños.

Inicio el camino. Al rato deja de llover y, coronado el alto al que lleva el camino en su primera fase, contemplo todo el largo del valle cubierto por la niebla. Detrás, allá a lo alto, el sol inicia tímidos intentos de asomarse a la mañana. Vuelve a llover. Chubascos alternos que dicen los hombres (y mujeres, seamos políticamente correctos) del tiempo.

Nieblas y agua firman el finiquito del verano. Este año se me ha ido de las manos apenas sin enterarme. Recuerdo muy pocos días de calor, tan solo los siete que pasé en Berzocana y alguno de julio. Aquí, en la aldea, incluso hemos tenido que encender la calefacción varios de agosto y alguno de los que llevamos de septiembre. Y ya imagino la cara de sorpresa que deben de estar poniendo mis paisanos extremeños.

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