CANGAS DEL NARCEA.- La personalidad de la fiesta frente a la devaluación en la uniformidad

Puede que alguno de mis lectores piense que hablo desde la nostalgia. Puede también que tenga algo de razón. La nostalgia es un bálsamo que se nos otorga a los que hemos alcanzado cierta edad. Pero ello no implica la pérdida de la perspectiva real de las cosas y la constatación de que algo esencial, más bien consustancial, a las fiestas de los pueblos, se está quedando enredado en las zarzas del tiempo y el cambio de las modas y costumbres. No estoy en contra de los cambios o de la adaptación a los tiempos y nuevas formas de pensar de las cosas y los festejos, pero sí de la uniformidad que se está dando en los cambios, el igualitarismo en las programaciones. Yo diría que las hemos estandarizado tanto que hemos logrado devaluarlas en su uniformidad. Especialmente la uniformidad en la mala educación y la pérdida del respeto a manos de los malos modos y la chulería de las camisetas de tirantes y el pantalón corto.

El alza desaforada de precios, el ninguneo a los clientes, la desatención, la invasión de vendedores ambulantes de todo tipo, el afán recaudatorio han arrinconado cualquier valor acumulado a lo largo de los años por las gentes que celebra cada festividad. Hemos estandarizado igualando pueblos y aldeas en lo malo.

Hemos logrado que el ambiente festivo sea el mismo en Cangas que en Ribadesella; en Pravia que en Llanes; en Onís que en Luarca. Estamos logrando perder la singularidad que caracteriza a cada uno de ellos. Los chiringuitos callejeros foráneos o locales, el botellón, las atracciones, las vestimentas y el vocabulario de parte la juventud que va y viene; los puestos de comidas rápidas, la definición de las cosas, el cambio temporal de los bares y cafeterías en cuasi sidrerías antañonas de suelos sucios y decibelios insoportables. ¡Hay la música!. Es la misma en todas partes, repetitiva, de soniquete festivalero y programa televisivo al uso, y de consumo de masas con criterio voluble, incluso sin criterio, manejable en un mercado de tiburones del dinero que no precisamente de la música.

Hace ahora dos años que denuncié como mientras la procesión de la tarde del día 16 de julio caminaba calle La Fuente abajo camino de la ermita de Ambasaguas, en esos momento anteriores a la Descarga en que el silencio de la villa solo es roto por el sonar del campanín, desde la Calle Mayor surgió una música, de más ruido que música, que rompió el momento e inundó todas las calles del centro. Hablaba de no sé qué problemas que tenía un bombero con la manguera. Y la misma música se repitió en Pravia, en Tineo,en Pola, en Luarca…

Y las calles aparecen sucias, y los portales de los edificios son tomados por jóvenes semidesnudos que los utilizan cono váteres cuando no como rincones de sexo, que no de amor, ante la desesperación de los vecinos. Calles y plazas recoletas y limpias al atardecer, amenacen cual cochiqueras y pocilgas por mor del incivismo de unos cuantos, o unos muchos. Usted pone la relatividad del dato.

Y es igual acá y acullá, en la costa y en el interior, en los pueblos de montaña y en los de los valles o la costa, y en Asturias o en Andalucía. Hemos logrado la devaluación de las fiestas en su igualitarismo.

En Cangas nos queda aún el refugio de las Peñas y la singularidad de la pólvora, mundo negado a la tropa desaforada del botellón y la semidesnudez. Durante muchos años aquellas han venido siendo garantes de la paz en las calles. Ver tantos uniformes en calles y plazoletas coartaba a los bullas de la provocación. Sin embargo, en los últimos años se viene notando, especialmente en las noches, como muchos de los miembros de las más veteranas, pasado el desfile, se recluyen en sus cuarteles de tiro y se incorporan poco al bullicio de las calles. Los camisas distintivas que se ven suelen corresponder a grupos de chicas adolescentes o chavales que se inician  en la mocedad.

Los precios y la presión del espacio ocupado por ruidos y mala atención lleva a los peñistas a arroparse entre sus amigos y ceder la calle al vocinglerío de los provocadores y la sinrazón de los altavoces a todo trapo.

Pero no hay que desesperar. Aún quedan rincones donde se puede oír una gaita o un cantarín. Donde se pueden tomar unos vinos en animada charla festiva de recuerdos y de futuros. Donde es posible salir a la puerta y tirar unos voladoracos con ensoñaciones y placer. Donde el Carmen siga siendo El Carmen, donde se sigan tomando compuestas con guinda; donde aún te sirvan en vasos de cristal y te salude el camarero con amabilidad. Incluso que te cobre como si fuera el Domingo de Ramos o el día de Santa Cecilia.

Cada fiesta debe de intentar conserva las características especiales que la definen y distinguen de otras, aquellas que las han dado personalidad y han configurado el ser y el hacer de un pueblo. En nuestras manos está el lograrlo.

 

 

 

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