EL CARMEN.-Pólvora, silencio y lágrimas.

 

Subiendo Arastraculos

(Mañana del día 16 de julio del año 2000. Publicado el día 17. Fotos 2017)

Estamos de vísperas. Las peñas afinan mechas y puntería en la que ha de ser su noche. Todos los cangueses se aprestan a vivir la que ayer definíamos como noche más larga del año. La dilatada víspera de tensión busca el nuevo día entre ráfagas de voladores y secos estampidos de barrenos. Abre la mañana sobre las cumbres que rodean la villa y cientos de jóvenes dejan la calle Mayor en manos de las escobas y las mangueras.

En el Prao del Molín, las gentes del Cacho aprestan cargas y máquinas. Más allá, los veteranos de La Parva reviven juventudes y aventuras con el zumbido de cada volador. Por el Paseo, los eternos Son D´Arriba cuelgan notas de gaita en cada balcón y abren los dormidos ojos de la chiquillería con sonoros redobles de diana.

En Ambasaguas, la recoleta ermita del Carmen se queda pequeña para acoger a los fieles que, endomingados y de estreno, hasta ella se acercan. Luce también la imagen de la Virgen sus mejores galas. Se han encargado de ello sus camareras que, así, la hacen también partícipe de sus coqueterías y lucir festivo.

Por un día va a dejar su casa para visitar la basílica. Serán tan solo unas pocas horas, pero su ir y volver será el más ruidoso de Asturias o quizás de este país, antes España.

Suenan las campanas, se inicia la procesión y desde las escaleras del nuevo parque suben runflando los barrenos que los devotos tiran a mano. Se abren las ventanas y, adormilados, los cangueses que aún no están en la calle dejan las sábanas. Apenas se han acostado y ya la pólvora les llama de nuevo. Se empina la calle y se empinan también los espectadores en las almenas. Llega allí la Virgen y se vuelve hacia su ermita. Ese gesto dispara las mechas de los tiradores y cientos de voladores buscan el cielo. Tira el Cacho, tira La Parva y tiran los devotos.

Ha sido el primer trueno del día. Sigue solemne la procesión. Se turnan los portadores en las andas. Una paisana se santigua llorosa al paso de la imagen. Trajeados cangues acompañan solemnes a la Virgen. Ángel Vázquez cumple también en el rito y apostado en la puerta del BBV reparte el distintivo del Voladorón a los socios.

Lucen las mujeres sus mejores galas y luce la mañana canguesa. Desde las calles adyacentes son aún muchos los jóvenes que ven pasar la procesión enfundados en sus uniformes de peñistas o con la última caipiriña en la mano. Aguantarán hasta mediodía antes de dormir un par de horas, darse una buena ducha, y volver a la batalla de la pólvora.

Llega el cortejo ante la basílica y de nuevo rompe en truenos la mañana. La Andolina rinde su tributo a la carmelitana.

La coral inicia armónica la solemne ceremonia religiosa. Por unas horas, los pájaros podrán cruzar sin sobresaltos el cielo cangués.

Portando un brazo del ramo, el querido Ramonín Betolaza (Conejo) condensa en su ajustado traje y corbata, en su solemnidad y fé simple, todo un tratado de tiempos, haceres, costumbres e historias.

Cumple éstas Cangas llegándose con aquel hasta el Asilo de San José y haciendo llegar un retazo de las fiestas a los ancianos que en él habitan y a las monjas que abnegadamente les cuidan. Cada vez son menos quienes hasta allí se acercan. Quizá los jóvenes de las nuevas peñas habrán de retomar este sencillo y entrañable acto para dotarle de nuevas perspectivas y rellenarlo de cariño. La soledad de los años puede romperse en estos días acercando hasta el asilo aires de juventud y alegrías de pentagrama.

Comida familiar, recuerdos y buena mesa. Apenas un suspiro de tiempo para el descanso. Los hombres del Voladorón hacen retemblar los cristales con su primera triada de barrenos. Se acerca la hora del sonoro silencio del año.

En el Cascarín, los socios del Voladorón cumplen el ritual. De tres en tres se acercan al simple artilugio dispuesto al efecto y acercando la mecha a los barrenos los envían solemnes y precisos al cielo donde se abren en un tremendo estallido que los valles del Narcea y del Luiña multiplican en largos profundos ecos.

En los alrededores del puente de Ambasaguas cientos de cangueses van y vienen inquietos. Se acercan al camión de la pirotécnica. Los responsables de Artesanos comprueban y entregan las cargas de voladores. Cada uno se dirige al lugar asignado. El cerco de pólvora va envolviendo Cangas. Un coche de bomberos llega a las almenas. Dos ambulancias de la Cruz Roja se estacionan en las cercanías. La Guardia Civil corta los accesos a la villa. Cientos y cientos de cangueses y forasteros se esparcen por doquier llenando de colorido montes cercanos y calles, puentes, altos, terrazas y balcones.

En el Prao del Molín se comprueban las mechas y las últimas conexiones eléctricas.

Allá, por el medio de la calle de la Fuente se dispara un volador. Suena profunda la voz del campanón de la basílica. Desde Ambasaguas da le réplica el sonoro repiqueteo del campanín. Quietud total en el aire, en Cangas y en el corazón de sus gentes. Pólvora, silencio y lágrimas en los ojos Son las ocho y diez de la tarde del día 16 de julio del año dos mil.

 

 

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