Un cangués en cada plaza y un verano en octubre

Atardecer en Conil

Tras un verano rácano de soles y corto de calores, decidí poner rumbo al Sur, “ligero de equipaje”, en busca de esos soles de un agosto perdido y dispuesto a pasar la goma de borrar por la mente o dar al “delete” de la tecla que dirían los más jóvenes.

Enfilé la Ruta de la Plata sin prisas, viajando en el sentido ya perdido de viaje y que hemos sustituido por el “ir a” generalmente a toda carrera por autopistas y autovías, y tomando nota de tiempos y velocidades para poder presumir luego entre los amigos.

Tras parada y pernocta en Salamanca, continuamos viaje hacia al Sur, cruzando la larga y ancha provincia extremeña de Badajoz en una de cuyas principales localidades, Zafra, decidimos hacer noche y mañana aunque para ello hubiésemos de abandonar la autovía.

Y lo que allí aconteció es lo que me ha llevado a escribir estas líneas. Tiene esta localidad dos plazas: La Grande y la Chica, por las que nos dejamos llevar fuera de agobios de gentes o músicas relajándonos en sus terrazas e imaginando historias de ayer de hidalgos y braceros de siega y trilla en su soportales.

En la Plaza Grande de Zafra

Había ya anochecido y Maribel y yo atravesábamos la Plaza Chica en un último paseo.

-¿Dónde van los de Cangas?

Paramos en seco. La llamada de atención solo podía ser para nosotros, no había nadie más alrededor.

Dos matrimonios se plantaron ante nosotros. Yo tardé en reconocer a la pareja de Cangas, Maribel reaccionó mucho antes.

Tras los saludos de rigor comentamos jocosamente la situación.

-¡Joder!. Está visto que a los de Cangas les está vedado viajar de incognito. Se sale uno de las rutas habituales, se viene a hacer noche en un pueblo de Badajoz, sale a dar un paseo y… ¡zas! Un par de cangueses en el camino-

-Pues no te digo la que me he llevado yo, me dijo mi interlocutor. Nos ha pasado lo mismo. Venimos de Santander, vamos hacia Cádiz, nos desviamos hasta aquí, y ¡hala!, dos de Cangas.

Poco después seguimos cada uno nuestro camino pensando en aquello de

-¡Hay que joderse!. ¡Vaya donde vayas siempre aparecerá uno de Cangas saludando!.

Y dispensad que no identifique a los citados por un elemental sentido de la discreción y la cortesía. Viven en Santander, sí, pero son cangueses ambos dos que diría el otro.

Llegados a Conil y, aposentados, nos vestimos cual si de nuevo hubiese regresad agosto, para solaz y placidez de ambos, no tardando el que esto escribe en poner su barriga al sol y sepultar en el inframundo de la memoria el frío pasado en agosto en las montañas canguesas. Sol, prensa, paseo playero, libro y Mahou

Es nueve de octubre. La mañana está siendo espléndida de sol y seguimos con atuendo veraniego. No asimilo muy bien ver como delante de mí se cruzan escolares con sus mochilas y ociosos camino de la playa con fondos de terrazas llenas de clientes.

Atardece. En el espacio calma y quietud que también impregna al espíritu.

 

 

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