De Madrid a Berzocana: Anises de alterne, Navidad, y el “cuesco” de Canarias

 -Ponme una copa de anís La Asturiana

La petición, efectuada por un paisano de mediana edad con voz resuelta, me hizo levantar la mirada del periódico que leía sentado en mi lugar habitual, junto a los amplios ventanales del bar El Molinón en Cangas del Narcea. Las manecillas del reloj del local estaban a punto de alcanzar las tres de la tarde.

Y es que, seguro que al igual que le ocurre a muchos de mis lectores, oír pedir una copa de anís en el bar se había convertido ya en algo obsoleto, en algo perdido en el almacén de la memoria. Y se me apuran hasta de coñac, aunque este licor es algo más normal (que no habitual) a determinadas horas.

Tras la primera impresión, me llamó la atención que pidiese en concreto La Asturiana, algo que hizo que la camarera tuviese que revolver en los estantes superiores del mostrador para encontrar la botella. Eso confirmó que no era ni mucho menos habitual que los clientes fuesen dados al anís.

Cerré La Nueva España, y dejé que mis recuerdos volasen hasta un bar de la glorieta del Puente de Vallecas, cuyo nombre no recuerdo, en que el que desembocábamos desde Méndez Álvaro una vez terminada nuestra jornada laboral en Isodel  Sprecher (fábrica de aparamenta eléctrica) hacia las cinco de la tarde, dependiendo este momento de las horas extraordinaria que hacíamos.

Allá alternábamos con copas, copas clásicas, no lo que ahora llaman copas y que son cubalibres o gintonic que generalmente se sirven en vaso largo o ancho y no en copa.

Alfonso Yuste, Joaquín Cortés y Francisco Gamo, mis compañeros de trabajo y alterne solían pedir coñac, Veterano o Soberano, y yo bien coñac 103, bien sol y sombra (para los más jóvenes: mezcla de coñac y anís). De vez en cuando Yuste daba la nota y pedía anís. Pero había un problema: a él le gustaba el anís Machaquito y, aunque al parecer en Córdoba, de donde era originario al igual que Cortés, lo seguía habiendo, a Madrid ya no llegaba, y esto indignaba a mi compañero, poeta gongoriano en sus ratos libres y profundo admirador de Lorca y Hernández. Había sido comisario político en la guerra y luego estuvo condenado en la construcción del Valle de los Caídos, hechos de lo que no le gustaba hablar. Tenía buena pluma y escribir era su pasión.

Anín Machaquito

Entonces, y a medida que pasaban las horas y todos nos animábamos, comenzaba a pedir y a comparar:

-Chaval, ponme Las Cadenas

Degustaba, paladeaba y mostraba su desacuerdo.

-Esta que sea del Mono

Y volvía a degustar y disentir.

-Nada que no, que no llegan al Machaquito

-Vamos a probar con La Asturiana.

Y vuelta a repetir el ritual

Y se ponía drástico: una de Cazalla, una de Chinchón…

-Esto mejora algo, argüía paladeando

Ni que decir tiene que cuando llegaba el anochecer, la cosa estaba ya más que cargadita. Claro que no éramos los únicos. El alternar con copas era la normalidad en aquellos años (década de sesenta) al salir del trabajo y tras haber comido en los comedores de las propias empresas. Grandes empresas en la que la Calle Méndez Álvaro era entonces pródiga.

La mañana de Navidad en Berzocana

La otra remembranza al respecto del anís me llega de Berzocana, mi pueblo natal, y debió de ocurrir allá en los inicios de los sesenta.

Era el día de Navidad. Mi primo Juan Cotrineja y yo habíamos asistido, en calidad de monaguillos (bajo el mandato y vigilancia de mi abuelo Juan Luís, sacristán y organista), a la Misa del Alba, la Primera Misa que allí decíamos.

Como teníamos tiempo hasta la hora de proceder a los toques de llamada para la misa mayor, nos llegamos hasta la Plaza, eje de la vida del pueblo, y en la que los mozos que había celebrado como es debío la Nochebuena, aún cantaban y alternaban.

Era la típica mañana invernal extremeña. Lucía el sol y los campos estaban cubiertos de una fina capa blanca. El aire expirado por unos y otros se trasformaba en un vaho acuoso que marcaba mejor que el termómetro lo frío de la mañana pese al sol que acariciaba los tejados y las copas desnudas de los álamos de la citada Plaza.

De pronto todo comenzó a agitarse. Los mozos corrían de aquí para allá. Unos cuantos llegaron corriendo desde la carretera de Cañamero

Canarias!, ¡Canarias se ha puesto malísimo!

Algunos emprendieron camino hacia la bocana de la carretera. Y hacia allí corrimos Juan y yo adelantando a todos.

En el Rehoyo, un grupo de mozos rodeaban a Canarias que tiritaba de frío. Más que tiritar eran como convulsiones. Le arropaban con una y otras chaquetas pero no había nada que hacer.

-Hay que llevarle a casa rápidamente

-No. Mejor que le vea don Aurelio el médico que vive más cerca

-Uno de los mozos, Tarra, sentenció: Tiene un peo de anís de tres pares de cojones

-Y en ello estuvieron de acuerdo Juan Quinceño, José Justo, y otros mozos veteranos allí presentes

-Pero un cuesco mu cojonúo, apostilló José Justo

-Estuvimos alternando hasta hace poco en la cocina de Sena y no paró de pimplar, pese a que le advertimos unas cuantas veces

En estas se hallaban cuando, de repente, Canarias se  levantó, salió disparado carretera arriba gritando y quitándose chaqueta y camisa. Y ya cuando la emprendía con el cinturón para bajarse los pantalones, los mozos le dieron caza y procedieron rápidamente a inmovilizarlo y taparlo. Ya les he dicho que la mañana estaba un rato fría.

Un par de minutos después, Canarias tiritaban de nuevo transiíto de frío, según explicaba Pedro Ramono, que junto a Pacorro y Pepe Merino habían acudido a ver qué pasaba.

Poco a poco, entre unos y otros lograron ir controlando la situación, acercar a Canarias hacia la Plaza y así llevarlo hasta su casa, en la llamada Casa de Dios, más allá de la Plaza Vieja, donde vivía.

Y aquel día me enteré de primera mano de que lo ocurrido a Canarias eran los síntomas de una borrachera de anís (fuera de la marca que fuera): pasar en cuestión de segundos de tiritar de frío a sudar como un condenado y, en otro segundo más, al contrario.

Por cierto que nunca logré averiguar el origen del mote: Canarias. Tenía mucho más claro el de su hermano; Patata Frita, surgido de sus gustos culinarios.

 

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R. Mera

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