Ha llegado tímidamente el agua, se encoje la primavera

Con timidez el agua se ha asomado esta mañana. Del orbayo inicial quiso llegar con algo más de fuerza, pero se arrepentía y volvía a una suavidad acariciante.

Parecía querer pedir perdón por su larga ausencia, por haber cedido ante el empuje del sol y las heladas. Ahora volvía a su ser invernal y mojaba suavemente tejados, tierras y pavimentos. Lo hacía con especial cuidado temerosa quizás de no ser bien recibida. Se equivocaba. Campesinos y urbanitas miraban al cielo agradecidos y, sin abrir el paraguas, dejaban que la llovizna mojara sus cabezas.

Allá por la Himera, unas vacas dejaban sumisas que el agua lavase su piel moviendo el rabo con especial cadencia como si alcachofa de ducha se tratase. Poco a poco el verde de los prados acrecentaba su color.

Por encima del depósito del Fuejo y ceca de Llamas de Ambasaguas dos pequeños incendios daban testimonio del riesgo corrido en estos últimos días de sol y calor. Un síntoma más de las locuras habituales de febrero al que por algo tildan de loco.

La primavera comió terreno al invierno e hizo florecer frutales anticipadamente. Junto a la carretera, un seto de escobas campestres (xiniestas me dice el paisano) muestran abiertas su flores blanca compitiendo con las mimosas. Anuncian nieve los hombres del tiempo, y el paisanaje. Febrero agoniza y todo vuelve a su ser invernal

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