Viernes Santo en el pasillo de un encerrado

Hoy es Viernes Santo. Corre la mañana de mi enclaustramiento y, paseando por el pasillo, me ensimismo en mis cosas. Viernes Santo. Corre la mente en dirección contraria a la vida y se detiene en la Berzocana de hace ya muchos años. No hago el cálculo, pero desde mis setenta y cuatro años se ve aquello muy lejano. En blanco y negro, como lo eran aquellos tiempos de penurias de los que en nuestra niñez y adolescencia no éramos conscientes. Para nosotros (al igual que para los niños de ahora) lo único que nos interesaba era bajar a la Plaza y correr por la calles del barrio jugando al escondite a civilicera o a lo que menester hubiese. Aunque fuese el andar a pedradas por las Carretas y La Corte unos, por la Duche otros, por la Plaza Vieja los de allí y más allá los del Mentiero (Mentidero), o los de la Fuente Nueva en el otro extremo.

Estaba la mañana primaveral y de sol. Saliendo de unas de sus calles llegaban a la Plaza las hermanas Rosa Juliana y Magdalena. Venían vestidas de fiesta pero en luto riguroso y se tocaban con unos velos más grandes de lo habitual, entre velo y mantilla, como a la festividad del día correspondía. Por otra calle lo hizo tío Samueleque Rabieta endomingado y con corbata negra. Se le unió tio Eugenio Palrapoco, cuyo apodo le definía. En el otro extremo, allá por la Pedrilla, tío Faustino Portales se encontraba con Simón, el de tía Turura o Tururura, según el hablante. No sé si le convenció o no para a ir a los Oficios del día.

Amelia Rubiales y Rosa Hidalgo salían de la casa de esta en el inicio de la ahora llamada calle de Santa Florentina. Un poco más arriba se les unieron la madre de Florencio y su hija Anita. Todas ellas de riguroso luto y con los velos de los días grandes recién planchados.

Y así fueron confluyendo hacia la iglesia los vecinos. Los monaguillos hacían sonar desde la torre la matraca en los últimos toques de aviso.  La iglesia se llenó. No había sitio en los bancos y muchos hombres se agolpaban bajo el coro. Eran pocos los bancos a ellos destinados ya que habitualmente eran muchos menos que las mujeres los que acudían habitualmente al templo. Pero hoy era Viernes Santo; había que cumplir.

Eran muchos los que remoloneaban a la hora de entrar. Habían andado a los vinos de mediodía (eso no estaba prohibido) y después le habían dado fuerte al potaje de romanzas y bacalao y la somnolencia era más fuerte que la devoción, incluso en el aquel entonces, la imposición.

Salivo con el recuerdo. Prevalece el del comino aunque no le anda a la zaga el de las romanzas. Aunque yo también tengo hoy potaje estoy seguro que echaré mucho de menos ese sabor. Las espinacas del supermercado no definen ni potencian el potaje de vigilia como las añoradas romanzas. Continúo mi ir y venir en el momento pero perdido en los ayeres.

Sería muy prolijo describir todo el acto religioso lleno de solemnidad y liturgia pero que conservo en mi memoria. Estaban los altares tapados y las pilas sin agua bendita. El día había estado espléndido y algunas mujeres hacían bailar sus abanicos que en su conjunto emitían un sonido característico. Había un runrún de fondo que terminó justo en el momento en que el sacerdote, en esos años don José Álvarez, al que ya hemos hecho aquí bastantes referencias, salió de la sacristía con capa pluvial, bonete, y seguido de al menos cuatro monaguillos todos revestidos.

Portaba con gran solemnidad la hermosa y valiosa Cruz Profesional tapada con un paño morado. Los Oficios, en su inicio, no se realizaban en el altar sino en la nave lateral derecha, junto al altar de San Antonio, y hacia allá se dirigió Don José seguido de su corte monaguilleril y del sacristán, Juan Luis, que ya tenía todo preparado y listo. Como era Viernes Santo no había de preocuparse del órgano y por eso estaba abajo en lugar de en el coro su hábitat natural.

Poco a poco, parsimoniosamente como al párroco gustaba, se fue desarrollando el rito del día. Oraciones y cánticos en latín, lectura de la Pasión,(larga y monótona) … más oraciones… Los hombre se removían inquietos en sus asientos; la mujeres aceleraban el ir y venir de los abanicos, y el sacristán se vio obligado a llamar al orden a los monagos en más de una ocasión. Por fin llegó el especial momento: la exaltación y adoración de la Santa Cruz.

Don José pareció ralentizar sus movimientos. Tomó la cruz cubierta y se la puso a la altura del pecho. Y allí venía ella. Era el momento esperado. Hombres y mujeres se pusieron de pie. “Eeecce lignuuum cruuucis, innnn quooooo saaaaluus muuundiii peeepeeeendit”, entonó solemnemente creo recordar que en Fa. Sacristán y fieles contestaron, “Veeenite adoreemus”. Y en ese momento descubrió el brazo izquierdo. Subió la cruz a la altura de los hombros y entonó de nuevo ahora en Sol: ·”Eeecceee lignuuum cruuuciis… Al contestar los fieles descubrió el brazo derecho. En ese momento parecía entrar en éxtasis, subió la cruz por encima de la cabeza mirándola fijamente y, con mayor solemnidad si cabe, se arrancó en La: “Eeecceee lignuuuum cruuucis, innn quooo saaaluus muuundiii peeepeeendit” (“He aquí el madero de la cruz en el cual pendía el salvador del mundo).

Y alargando las vocales hasta el infinito contestó la feligresía:   “Veeeniiiiteeee aadoreeemuuuus ”

Colocó Don José la cruz en su base, se relajó el personal, y la ceremonia continuó hacia su final.

También llegaba yo al fin de mi paseo virtual. Regresé a la realidad del día y del enclaustramiento. Todo era silencio en la calle ayuna del ir y venir de las gentes. En Cangas del Narcea y en Berzocana, como en todos los lugares de España y otros muchos del mundo, el coronavirus nos estaba haciendo vivir una Semana Santa distinta, menos viajera, menos alegre menos vacacional, pero quizás más cercana al espíritu que hace ya tantísimos años la dio vida y forma.

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