Nos han tapado la sonrisa

Desde el Paseo giro por Don Ibo camino de la Plaza dela Oliva. No sé el qué, pero noto algo raro en el ambiente. Algo falta, algo no está dónde debe estar, algo me produce un vacío inclasificable que no logro sustanciar.

Noto un hormigueo en la nariz. Instintivamente me llevo la mano, pero algo se interpone entre el apéndice nasal y mis dedos: la mascarilla.

Y una pequeña explosión parece producirse en mi cabeza. Algo así como ese momento en que el dibujante de viñetas coloca encima del protagonista una bombilla encendida. Se le ilumina el intelecto.

Y eso fue lo que me pasó; se encendió la luz. La mascarilla, lo que faltaba era precisamente lo que tapaba la mascarilla: la sonrisa de los cangueses.

Abrí los ojos. E intentaba abrirlos aún más cuando alguien se acercaba. No había sonrisas. El dichoso virus, amén de habernos robado prácticamente los meses de marzo y abril, ahora nos robaba algo aún mucho más importante: la sonrisa.

-Adiós don Mera

Miré despistado a una joven que se cruzaba en mi camino. Contesté instintivamente. La dichosa mascarilla tapaba su cara, unas gafas de sol sus ojos y una gorra, de la que emergía en su parte posterior una coleta de caballo, su cabeza. ¡Imposible saber quién me había saludado!, aunque por la forma de interpelarme deduje era una antigua alumna o alguien con alguna de ellas o ellos muy relacionado.

Seguí mi caminar buscando infructuosamente una sonrisa. Era harto difícil. Abandoné y busqué la expresión de los ojos de los viandantes, única parte de la cara que se abría a mi curiosidad. No lograba descifrar qué había detrás. Y entonces pensé en cómo lo harían los habitantes de esos países en que la mujer camina siempre con la cara tapada, cara en la que tan solo el brillo de los ojos da vida. ¿Cómo sabían ellos que se encontraba detrás del velo?. ¿Cómo eran la cara, o los labios, o la expresión facial de esa mujer?. A saber. Sonreí para mis adentros y pensé qué tendría que preguntárselo a mi vecino el árabe, quizás me diese alguna pista, aunque lo dudo.

Y fue entonces precisamente, ya al lado de la basílica, cuando me vino a la mente una habanera que había cantado muchas veces en determinados bares de Cangas, allá en aquellos años gloriosos de finales de los setenta e inicios de los ochenta. Allá cuando en los bares aún no había televisiones y se podía cantar a coro. Tenía que ver, claro está, con la cara y los ojos de la mujer, y con la forma de ocultarlos, mostrarlos y coquetear. Decía:

Que un abanico sirve

¿sabéis para qué?

Para ocultar el rostro de una mujer.

Pero era, y es, una forma muy distinta de ocultarlos que la de ahora ya que seguidamente decía

Mas si con disimulo

sabéis mirar…

por entre las varillas del abanico 

veréis la mar.

Pero desgraciadamente, las mascarillas no tienen varillas, lo dejan todo a la imaginación y libre albedrío del que mira.

Espero que desaparezcan pronto de nuestras calles y vuelva a lucir esplendorosa la sonrisa de los cangueses y canguesas

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