NARCEA.-El ayer doloroso del rio

En una de estas lentas y progresivas salidas que han sucedido al enclaustramiento, apoyado en la barandilla de la pasarela de Los Nogales, veía un tanto absorto el discurrir del agua y sus juegos con las piedras colocadas en el cauce. Abajo, junto al mismo, una madre gritaba a su hijo para que no se acercase tanto.

Fue en ese momento cuando me vino a la mente cómo había cambiado el río. Ahora amigo y compañero de paseos y relajamientos, no hace tanto fue enemigo temible de aquellos que junto a él circulaban en unas u otras direcciones. Los vehículos caían al cauce del Narcea con una facilidad pasmosa. En verano, en la mayoría de los casos, la cosa no iba más allá, salvo excepciones, de golpes o heridas de mayor o menor consideración, pero en invierno, especialmente en época de grandes crecidas, la cuestión adquiría tintes de tragedia, máxime si las salidas de carretera se producían en el entorno de Calabazos con precipitaciones al pantano. Ha cambiado todo tanto que incluso creo ahora que estos sucesos que se prodigaron durante años no hayan llegado nunca a oídos de los jóvenes cangueses salvados sean aquellos que tuvieron alguna víctima en la familia.

En la Noche Vieja de 1.990, José Oumente Lago, un joven de Ibias que trabajaba en Barcelona, caía al Narcea en una curva que dspués se hizo tristemente famosa, situada entre la villa y Regla de Perandones, nada más pasar la serrería de Valledor. Había llegado a pasar las Navidades con su familia y regresaba de Oviedo de ver a su novia, tenía 21 años. En la madrugada de Año Nuevo se localizaba el coche con su documentación lo que permitió identifícalo. Al no encontrase el cuerpo en el coche, la Guardia Civil, Cruz Roja, familiares y compañeros, inician las operaciones de rastreo a la vez que los especialistas del GEAS se centran en unos seis kilómetros de rio plagados de pozos y rápidos. El cuatro de enero, al iniciarse una huelga en Antracitas de Gillón, son muchos los mineros que se incorporan a la búsqueda. Se barajó la posibilidad de que el cuerpo, y dada la crecida, hubiese llegado ya a Calabazos. Llegado febrero aún continuaba la búsqueda que se resolvió días después.

El día 12 del mismo mes de febrero era rescatado del río José Manuel Llano Suarez, de 23 años, que había caído en la madrugada del domingo, día 10. Con él viajaba su mujer, Rosario, que fue rescatada por unos jóvenes que llegaban al lugar casi inmediatamente después del accidente que oyeron voces y vieron las luces.  Rápidamente se iniciaron a labores de búsqueda. El cadáver del joven aparecería el martes, día 12, cerca de Tebongo y a unos tres metros de profundidad.

Estos ejemplos venían a convertirse en dolorosas realidades invierno tras invierno, especialmente en épocas de crecidas del río y en fines de semana. La carretera estaba muy mal y sin protecciones, los coches eran rápidos y cada vez más numerosos, había dinero y la juventud, como ha sido y será siempre, un tanto alocada. Todo un coctel que terminaba muchas veces bajo las aguas del Narcea. Los ejemplos expuestos se repetirían una y otra vez, tan solo cambiaba el nombre de las víctimas. Por suerte todo es ya tan solo doloroso recuerdo.

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