Sin periódicos y con nostalgias

Con una solemne campanada que sobrevoló los tejados más cercanos, el reloj de la basílica acababa de macar la una y media de la tarde.

Las puertas correderas del bar se abrieron al acercarme a ellas y entré decidido. Era mi primer día de salida, salvada sea la efectuada con la familia a una céntrica terraza tras el largo enclaustramiento del que aquí mismo les fui dando cuenta día a día.

Creí haberme equivocado. Di un par de pasos hacia adelante y recorrí con la mirada el establecimiento. No me había equivocado no, pero aquello no tenía casi nada que ver con el bar de mis mediodías de cerveza y periódicos sentado en una mesa junto a la cristalera mientras en la otra más cercana unos diarios tertulianos analizaban todo lo analizables, o no, pero para  qué vamos a fijarnos en pequeñeces.

Incluso miré extrañado a los camareros, un chico y una chica, sin reconocerlos en una primera mirada

-Muy buenas don Mera, ya era hora; me dijo volviéndose hacia mí la camarera. Entonces la reconocí bajo la mascarilla. Era la misma de siempre. El trato venía heredado del que me daban los hijos del jefe, ambos alumnos en mis años de enseñante.

Estaba todo cambiado. Las mesas habían pasado de cuadradas a redondas y parecían bailar dispersas en un ampliado y transformado local. Aquella en la que junto a las cristaleras dejaba pasar el tiempo inmerso en las crónicas y noticias de los periódicos ya no estaba. La más cercana, la que ocupaban diariamente entre cinco o seis tertulianos había sido reducida y cambiada de lugar, Tan solo dos la ocupaban ahora. El resto vacías, incluso las nuevas que se habían incorporado al espacio del bar desde el ahora reducido comedor

Tenía una sensación extraña, como si aquel bar fuera algo nuevo que nada tenía que ver con el de antaño. Pregunté a los dos tertulianos; estaban igual de incómodos. Incluso lo estaba un cliente acodado en la barra y también desplazando de su lugar habitual.

Busque el revistero en el que habitualmente se colocaban los periódicos y revistas.

¿Los periódicos?, pregunté aun cuando adivinaba la respuesta.

-¡Pero bueno, no hay periódicos!, están prohibidos por la cosa esa del bichito de la pandemia, me dijo la camarera confirmando mi sospecha.

Me senté desilusionado casi en la esquina, al final de la cristalera, mirando sin ver y estando sin estar. Di largas a la cerveza en silencio; lo minutos pasaban lentos. Finalmente me fui acortando en al menos una hora el tiempo habitual de estancia.

Un bar o una cafetería sin periódicos no están en su esencia, no al menos en su más clásico sentido. Es una de esas contradicciones que nos ha traído la pandemia. Los expertos, como gusta decir el presidente, aseguran que el papel no soporta al virus y por ende no contagia. Pero no hay periódicos. Y en esas contradicciones ahora tan habituales, el diario El Comercio inicia una campaña en la que oferta el periódico gratis a los bares que así lo soliciten durante los próximos meses. ¿Ustedes lo entiende?. Yo no

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