Del mar y los osos

Por fin me decidí a sacar el coche del garaje tras casi tres meses de inmovilidad y, en un día espléndido de sol, lanzarme carretera adelante en busca de la brisa marina y el arrullo del mar con sus horizontes abiertos lejos del cordón sólido que a los ojos ponen las montañas canguesas.

Y así terminé en Cadavedo, donde tomé mi primera cerveza pública tras el enclaustramiento en una coqueta terraza con tres mesas y en la que nosotros éramos los únicos clientes. El llegarse a Cadavedo, al entender de los que lo conocen, implica cuasi necesariamente subir hasta la capilla de la Regalina. Y así lo hicimos. Y nos vimos quizás en el mirador más completo y espectacular de toda la costa asturiana. Ya no hubo más prisas. Y por aquel prado extenso, llano y abierto a tremendos precipicios, paseamos en solitario, nos dejamos ir y dormitamos, mirando ya al mar, ya a las montañas que sobre el mismo caían. La Naturaleza en su pleno y amplio sentido. Los pájaros, el viento, y el sonar del mar como única compañía.

Y entonces entendí por qué los osos se están llegando a los pueblos, ya casi abandonados, y ahora insertados plenamente en el monte tras este enclaustramiento devenido del coronavirus. Tal hubiese entendido en ese momento que delfines y ballenas nos saludaran desde las cercanías de los acantilados como lo hace el oso que día tras día rompe la tranquilidad deEl Bao, un pueblo ubicado en el valle cunqueiro del concejo de Ibias, que se ha visto sobresaltada este último mes por la presencia diaria de un joven oso que se ha establecido en la zona y que no tiene reparos en visitar varias veces al día la localidad para proveerse de alimento.  Y dicen los vecinos que es goloso, le gusta la fruta y, sobre todo, la miel. Y ya le han bautizado como si de un vecino más se tratase: Serafín.

No le va a la zaga el que acudió a Bimeda a interesarse por el estado de la iglesia parroquial dándose un par de vueltas por la misma y comprobando que en el pueblo todo estaba en su sitio. Aunque era de noche detectó que allí prácticamente se encontraba él solo, que el pueblo era ya terreno que había incorporado a su territorio.

Y abundan los ejemplos aquí y allá con los plantígrados acercándose a los dominios de los humanos visto que éstos los abandonan o, al menos, aparentan hacerlo. Y quien dice osos, dice jabalíes, o zorros, o corzos, o lobos; de todo ello tenemos ya y abondo, en estos nuestros pueblos de Asturias.

Y aún me olvidaba del osezno de Larna, más esquivo, e hijo quizás de aquel que durante los dos últimos veranos jugaba conmigo al escondite camino de Las Veigas dejándome pistas de su presencia aquí y allá pero no dejándose ver. Sí lo hizo con algunos otros vecinos y vecinas, pero a mí siempre me fue esquivo.

Y viendo la espectacularidad del prado que me rodeaba y la exuberancia de las montañas que hasta el mar se asomaban pensé también en como mucho más discretamente, hierbas y plantas silvestres han invadido en esta primavera calles y caminos. Hay aldeas que han sido totalmente rodeadas, asaltadas, por la maleza.

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