Este verano, aquellos veranos

Tímido, un tanto nervioso y acomplejado se acercó desde los confines del infinito. La luz rompió las tinieblas de montes y cosas dando vida a los cuerpos somnolientos. El domingo, 21 de junio, se abría a un mundo un tanto trastocado en sus gentes y en sus cosas, un mundo azotado por una imprevista pandemia que pilló a todos con el paso cambiado.

En un último esfuerzo se alzó desde el infinito al finito temeroso aún de no estar a la altura. Su compañera y predecesora en el acontecer planetario acababa de marcharse dejando el listón muy alto de cara el gusto de los humanos. De ahí su ligero temblor y la pizca de vergüenza con la que se asomaba a su periodo de reinado. El verano llegaba así a nuestras tierras, a nuestros montes y calles e incluso a nuestros sentimientos.

¡Ha llegado el verano!

Y rodando ruidosa y saltarina, la frase saltó de las nubes a las fuentes, y de las montañas a los ríos, y de las aldeas a las grandes ciudades, y desde los trabajos a la placidez de los jubilados. ¡Ha llegado el verano!.

Pero hay algo que tamborilea impaciente en la atmósfera y en el sentir de las gentes como dedos en fino tablero que pone fondo a la indecisión derivada de la preocupación ante lo desconocido. Con este verano no llegan las vacaciones escolares, no ha traído el griterío escolar abandonando los centros con sus pesadas carteras a cuestas y rompiendo la disciplina en sus festivales y despedidas escolares. Sencillamente ya no estaban No es igual no, este verano que se inicia.

Para los más jóvenes, la palabra trae afanes de preparativos vacacionales en libertad. Para los padres jóvenes, el rompecabezas del viaje con niños y tablas de limitaciones definiendo el hacer o no hacer colocadas junto al GPS del coche. Al final, frente las cuadrículas, caminos de madera, cuerdas y cintas de colores que delimitan y encierran voluntades y manejan alcaldes, policías y vigilantes de aquí y de allá, aparece la imagen del pueblo y la aldea como solución. Gozarán los niños rotas todas las cadenas y ataduras, y almacenarán horas de aburrimiento los padres incentivados en cabreos por la falta de Internet o la de cobertura del móvil, una vez repleta ya con el sueño y relajación en el primer día la cavidad del cansancio y los agobios laborales. Y por la pista de acceso que machaca al coche.

Y los más mayores volverán, volveremos, complacientes al pueblo para soñar ausencias que no volverán nunca y describir, si logran, logramos, encontrar oyentes, aquéllas fechas lejanas en que el verano venía anunciado, no por los hombres del tiempo de la radio o la televisión, sino por el olor a hierba recién cortada, la agitación de los vecinos en un acelerado ir y venir de apoyos y ayudas desde lo propio a lo ajeno y desde lo ajeno otra vez a lo propio.

Aquello veranos que definían el rinchar de las ruedas de carros bamboleantes de hierba y tirados por vacas siempre en el filo del temido vuelco en prados de pendientes imposibles. Veranos de sabores nunca olvidados de meriendas ruidosas entre la hierba recién segada y el fresco del vino de la bota cayendo por el galguero. El sisear rítmico de las guadañas, el vocerío de unos y otros, aquel moreno irregular de soles campesinos y los decires picarescos e insinuaciones entre los mozos y mozas. Era la discoteca de aquellos años.

Éste, el verano llenará aún más los pueblos, pero como siempre viene ocurriendo, este renacer será flor de un día. En cuando llegue la festividad del Acebo, de nuevo volverán a quedar vacíos. Y, si me apuran, hasta de recuerdos.

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