Aquí y allí:Tiempo de huertas y huertos

Ha abierto la inesperada lluvia del atardecer surcos fecundos en la tierra reseca. Reverdecen verdes sobre marrones invernales y salpica de gotas de agua la manguera que llega desde el pozo semiseco. Es tiempo de huertas y de huertos.

Si los soles primaverales llenan de vida árboles y suelos, lo hacen también con la sangre y el espíritu de los jubilados que ven cómo se activan todos sus resortes vitales cual si los años hubiesen retrocedido milagrosamente en el devenir de su vida. Cuando llegan estas fechas se equipan cual si fuesen a librar una batalla contra los campos olvidados y parten hacia los mismos con una renacida actividad que creían haber perdido en los monótonos días invernales de cocina y televisión. Es tiempo de huertas y de huertos y los jubilados, revitalizados, encuentran, incluso, motivo para sus conversaciones entre las lechugas, pimientos, calabazas, tomates, cebollinos, zanahorias, pepinos, fresas, patatas, guisantes o judías. Es tiempo de huertas y de huertos.

No hace muchos años y por estas mismas fechas, en Cangas del Narcea, mi otro pueblo, muy cerca del casco urbano, junto al viejo polvorín de  Pablo, divisé a Suso el cartero, sentado en una piedra en la linde del huerto, totalmente absorto y golpeando suavemente el suelo con una rama.

-¡Suso!, ¿Así trabajas?. ¿Estás viendo crecer los tomates o duermes?. Luego dirás a la parienta que no paras, le grité sacándole de su ensimismamiento

Se levantó lentamente dejando de golpear el suelo y haciéndolo sobre su pierna, se volvió hacia mí

-Oye, digo yo que muy sabias son las plantas Estoy mirando y saben lo que tienen que hacer sin que nadie intervenga ni ordene, ni aconseje, ni na de ná; ellas solitas, cada una a su aire, van y van y van… hasta que cada una da su  fruto. Y me digo yo: si las dejaran hacer en Correos aquello funcionaría como un tiro, y no te digo na si hicieran ellas las leyes y las dejaran gobernar. ¿O no?. Y tras su profunda meditación, adentrose huerto arriba hasta el colindante.

Avanza el verano y maduran los frutos. Es tiempo de huertas y de huertos, de olores de ayer y hoy que despiertan la memoria de la niñez y la juventud, las emociones vividas junto al abuelo o el padre manguera en mano o volcando el cubo de agua sobre el surco y viéndola correr despacio entre los delicados tallos.

Y si el paseante se va fijando, en su caminar pausado divisará rectángulos o cuadrados que configuran verdes de promesas de hortalizas casi moldeadas al gusto especial de cada huertano. Da igual el camino que tome, junto al regato o alejado del mismo, junto a la carretera o los caminos más alejados. Las huertas configuran el paisaje de estas fechas.

Ya describí aquí el trajín de aquellas tardes de julio y agosto berzocaniegas cuando el sol teñía de rojos el pueblo y sus calles se inundaban de caballerías con los serones cargados que regresaban con los frutos recogidos en el Mellao, el Pero, la Serranita, El Valle, San Juan…

Y me llegan especialmente los sabores. Ellos me llevan hasta el huerto que tenía mi abuelo Juan Luis en el Mellao. Una vez que cerraba la sastrería, ya cerca de las ocho de la tarde, mi primo Juan y yo marchábamos con él hasta allí. Nos gustaba ir y venir a las guindas, enredar con el agua que desde el menguado río llegaba en delgado caudal desde la parte de arriba entrando en el huerto por un pequeño hueco abierto en la pared. Desde allí mi abuelo la regulaba hacia uno u otro lado de manera que fuese inundando con suavidad toda la parte a regar en ese día. Aún me llega el olor a tierra mojada que se desprendía de la tierra recalentada.

Terminada la llevadera tarea, llegaba el especial momento. Mi abuelo sacaba de su bolsa un cacho de pan y otro de morcilla de patata. Nos daba una ración a cada uno y él se reservaba la otra. Llenábamos una botella de agua fresca y nos sentábamos bajo una higuera ya cuando el sol comenzaba a esconderse por las dehesas. Y terminada la morcilla llegaba el momento sublime.

Con su pequeña navaja, mi abuelo cortaba tres tomates hermosos de su planta, con gran solemnidad partía cada uno de ellos por la mitad, con más aún sacaba un pequeño envoltorio con sal gorda de su bolsillo y la extendía generosamente por el apetitoso fruto entregándonoslos entonces. Mordíamos con fruición y quizás intentando abarcando más de lo que nuestra boca admitía. Aun salivo con el recuerdo. Nos caía el zumo por la comisura de los labios y lo dejábamos bajar entre risas ante la sonrisa complaciente de mi abuelo

-Limpiaros con una hoja de la higuera, aconsejaba mi abuelo. Y así lo hacíamos devorando el tomate más que comerlo con mesura. Aún todavía iríamos de nuevo al guindo “a por el postre”, postre ácido a más no poder pero que a nosotros no nos importaba en absoluto. Guardábamos los huesos para regresar luego a casa lanzándolos en competición por el camino.

Aunque eran tiempo duros, éramos felices con poca cosa, especialmente en la época de huertos y huertas.

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