De nuevo al encuentro del oso

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Estaba la mañana espléndida de sol tras unos días de nieblas, brumas y orballos. Tenemos un tiempo tan cambiante o más en su no pero sí, o sí pero no, que el propio gobierno.

El caso es que un año más he retomado mi cuasi obligatorio retiro veraniego en la aldea, y con los mismos paseos matutinos y vespertinos en el desarrollo de esa serie de acciones repetidas que efectuamos una y otra vez los abuelos y que llamamos rutina.

Y en ella he vuelto al mismo camino de siempre, prácticamente el único que me permite recorrer un trecho de un kilómetro poco más o menos sin necesidad de tener que afrontar empinadas subidas y bajadas ante las que mi cuerpo protesta con fuerza.

Recordarán algunos de mis lectores, sino todos, que ya en veranos pasados he hecho referencia a este camino de Larna a lo largo del cual el oso y yo mantenemos una especial relación, tal cual si jugáramos al escondite; yo camino arriba y abajo, y él (supongo) escondiéndose entre los riscos y la floresta apuntando su presencia pero sin dejarse ver. Y quiero hacer notar que yo, al igual que el paisanaje, e incluso la administración, utilizo también la expresión EL OSO para referirme tanto al conjunto de ellos como a uno en concreto o indefinido, tal el caso que nos ocupa.

Y ha vuelto a suceder. También como siempre, yo ando pegado el oído a la radio o absorto en mis sin sustancias en idas y venidas no programadas que, salvo intención controlada de mi mente, algo que no suele suceder casi nunca, me pasan desapercibidas las señales que el plantígrado me deja. Pero para alertarme de ello está Vicente Poza

-Mera ya tienes ahí una señal del oso

-¡No me digas! Si yo no he visto nada

-Pues esta es bien cojonuda. La tienes allí arriba, un poco más abajo de donde sale el camino hacia Arbolente.

Y efectivamente, allí la tengo. Una enorme deposición intestinal osuna que amén de indicarnos que el tal estaba farto, nos señala claramente su presencia. Ítem más, a un par de metros aparece otra que, en mi ignorancia del tema, atribuyo a otro oso por las características que a la vista presenta y nada más. Eso que se llama una apreciación totalmente subjetiva. Y aunque se me han indicado otras señales como cerezos partidos, troncos doblados y rastros en las hierbas y sotos de maleza, lo que más abundas son las dichosas deposiciones

Y me dice Vicente que este verano puede ser el definitivo para nuestro encuentro (el del oso y el mío, se entiende) por cuanto en la zona, en el tramo de la cuenca del Narcea que delimitan las montañas de Pena Ventana, que la separa de la del Coto por el Oeste,  y el campo La Mesa, por la ermita de   San Luis (arriba de Posada de Rengos), al Este; se mueven un conjunto de entre diez y trece ejemplares que, explica Vicente, tiene perfectamente controlados un aficionado a la Naturaleza, vecino de La Pescal que a ello dedica gran parte de su tiempo.

El caso es que ya son muchos los vecinos que han visto al citado, o incluso ha tenido que parar el coche en la pista para darle paso como tuvo que hacer Isa camino del Hospital cangués, hace unos días.

Así pues no desespero de que este año sea el definitivo. Algún aliciente he de tener en mi confinamiento rural aunque aquí los paseos sean reales y no virtuales como lo fueron durante el enclaustramiento pandémico. Les mantendré informados.

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