Mascarillas, turistas, niños…y el oso

Ha abierto…

Ha abierto sus días agosto con nieblas, suaves orballos y mañas y tardes no ya de rebequitas, que señalaba Carlos Herrera, sino de cazadora o jersey.

En la aldea dejo pasar el tiempo al igual que asegura Ana Belén hace la Puerta de Alcalá en el corazón de unos madriles que en estas fechas se vacían con la misma rapidez con que se llenan los pueblos, salvadas sean las circunstancias especiales que en este año nos acompañan modificando o cambiando radicalmente actos y costumbres.

Y ello ha traído que las calles se llenen de gritos infantiles, de carreras y de vida. Ha aumentado la población, se han abierto puertas y ventanas de casas todo el año cerradas y hasta ha aumentado el número de perros.

Pueblos vacios

Es curioso apreciar como muchos de estos veraneantes, en lo que al Covid se refiere, no se consideran así. Ellos vienen a pasar el verano a su pueblo, o al de sus padres o abuelos. Los veraneantes son los otros. Y así lo hablan entre ellos con la mayor naturalidad y rotundidad asegurando que “son los veraneantes los que traen el bicho, los que vienen de fuera, los que están en las casas rurales, y en los hoteles y esas cosas”; en definitiva: los otros. Y los que así se expresan afirman con la misma rotundidad que “en los pueblos no hay bichos de esos”. Y en su convencimiento pasean y se reúnen en tertulias sin mascarillas ni distancia de seguridad alguna. ¡Aquí en el pueblo no hay nada, es todo naturaleza!, repiten quizás intentando incluso autoconvencerse de esa creencia. Aunque, dejemos constancia, siempre los hay que actúan y razonan con arreglo a lo más lógico y natural del común.

Pero todo esto les es ajeno a los niños que, corren entre el polvo o el barro ajenos por completo a algo que les es lejano e incluso incomprensible. De cuatro al año a dieciséis ahora han pasado a ser los que gritan y chillan en donde me hallo. Y así en uno y otro pueblo, en aquella y la otra aldea. Y ello crea la falsa sensación de que los pueblos tienen aún vida. Y digo falsa porque esos niños pasan una y otra vez ante el viejo edificio semiderruido de lo que fue escuela sin tener ni idea de que esa fue su misión durante muchísimos años. Ni lo saben ni lo preguntan. Simplemente es “una casa vieja”.

-Sí, sí. Vuelven los niños, pero seguimos sin ver vacas ni ovejas, me dice apesadumbrado un vecino.

Y es que sabe, al igual que lo sabemos todos, que en cuanto aflojen los calores de la Cordillera Cantábrica hacia el Sur, los niños marcharán en busca de sus libros y mochilas, de sus futuro; y los mayores volverán a su trabajos y su rutinas ciudadanas olvidando el pueblo y lo que en él ocurra hasta el próximo verano.

Javier investiga el paso del oso

Y habré de contarles que el oso me ha dejado una pista más en nuestro juego del escondite. Y como siempre ha tenido que ser Vicente quien me la señalase. Esta vez ha sido bastante más cerca del pueblo que en otras ocasiones. Ladera abajo, el oso llegó hasta el borde del camino y para librar una pared del prado más cercano se dejó resbalar entre zarzas y maleza desprendiendo piedras hacia aquel y dejando clara la marca. En el borde del sedero, claras sobre el polvo, quedaron marcadas sus huellas. Cruzó, corrió por el camino y quizás librando alguna semiderruida pared del otro lado se perdió ladera abajo.

Claro que algún escéptico apunta que el rastro puede de ser de un jabalí. Por poder puede, pero a mí me ilusiona más que sea del oso

De un lado los niños, del otro el oso. Son mis días de aldea

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