Otro camino y recuerdos del oso

Camino de la Concepción

He cambiado el camino de mis paseos mañaneros. Ahora mis ojos se abren cada mañana hacia los amplios, largos y profundos encinares de las dehesas que se extienden hasta fundirse con un cielo azul que, poco a poco, se va haciendo más intenso y luminoso. Recordarán mis lectores como no hace muchos días lo hacía en Larna, en el concejo cangués, por un camino cerrado que quedaba oscurecido bajo una bóveda de ramas y más ramas que se entrecruzan y tejen sobre mi cabeza.

Mis pies esquivan pequeños charcos o humedales que estrechan el camino y me obligan a saltar sobre piedras para salvar el agua fría del regato que cruzaba libremente aquel ensanchándose sobre el mismo.

Ahora lo hago entre olivos que poco a poco van dejando paso a diversos tipos de árboles que bordean el camino.  Entre ellos, floridos periquitos de múltiples colores. Más abajo, una viña. Mis pies levantan polvo y no hay regatos que esquivar. Sobre mi cabeza tan solo el cielo, Subiendo desde los canchos de la cercana Sierra, el sol se alza con fuerza inundando todo de luz; pega sobre mi espalda y reconforta el ánimo. Al oeste se dibujan las dehesas perdiéndose en el horizonte, y hacia el norte va quedando a la derecha el perfil rocoso de las Villuercas delimitando espacios que se abren al infinito

 A este camino le llaman mis paisanos “la B-30” en jocosa parodia de la M-30 madrileña que en su principio pretendía circunvalar la ciudad. La de Berzocana bordea el pueblo llevando al caminante hasta la ermita de la Concepción, ermita de hondas raíces entre el paisanaje y la feligresía tal cual lo es la del Carmen en Cangas, la de San Roque en Tineo, o la del Avellano en Pola. Desde allí puede volverse al pueblo por una pista asfaltada que también discurre entre árboles.

Pero mi otro camino, el de Larna, no ha quedado solo. El bicho se ha aprovechado de mi ausencia para tomarme el pelo y decirme algo así como:

-Aquí te dejo mi señal, para cuando vuelvas que veas que sigo jugando al escondite contigo.

Las huellas

Y es que amigos, el oso con el que juego al escondite desde hace unos tres años, se llegó camino abajo hasta unos cuarenta metros del pueblo y dejó bien plantada en aquel sus huellas. Y no lo hizo sobre la parte más seca, es la que podían deshacerse más rápidamente, no. Lo hizo sobre el barrizal que conformaban una serie de charcos dejándolas bien marcadas.

-Así secarán con el sol y las tendrás totalmente visible para cuando vuelvas, debió de pensar el plantígrado.

Y hasta aquí me ha remitido las fotos de las mismas mi cuñado Silverio para que tenga yo constancia del hecho y medite y prepare qué respuesta pienso llevar al susodicho.

Aunque me temo que no tardaré muchos días en dejar éste y aquel camino para volver al rutinario del “Paseo del Vino”, que es precioso en otoño, y el que recorreré todo el invierno. Sobre el oso ya volveremos al verano que viene

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