De Madrid a Cangas, nieblas, añoranzas y negros

Ha querido hoy la mañana madrileña mostrarme un cachín del suroccidente asturiano. La niebla desdibujaba los edificios escondiendo sus perfiles y transformándolos en pegotes sin formas que se elevaban sobre calles de las que el tráfico comenzaba a enseñorearse. En la plaza de Cristo Rey, el concierto de cláxones y el ulular de sirenas no eran precisamente el mejor augurio para el descanso de los enfermos de los dos hospitales que allí se ubican.

 Más allá, la ciudad intentaba abrirse al campo sin conseguirlo del todo. Era una niebla sin definir, sin cuerpo. De vez en cuando alguna gotita perdida parecía querer mojar mi cara. No lograba tan siquiera ser imagen del orbayo que acaricia el rostro caminando por Santiso.

Han verdeado los campos y los árboles no acusan el otoño. Sus hojas se mantienen todo el año. Allá, al fondo, algunos edificios de la Universidad intentan asomarse a la mañana. Ni siquiera me he cruzado con estudiantes. Quizá sea temprano; o tarde. El tiempo también se recrea en su relatividad. Tan solo corriendo de aquí para allá veo a los negros que se afanan en ayudar a los conductores a aparcar los vehículos para conseguir unas cuantas monedas.

Seguro que sus recuerdos, y especialmente sus vivencias, son mucho más fuertes que las mías, y estoy más que seguro que más, mucho más dolorosas. Ellos quizás no añoren orballos ni nieblas, sino grandes praderas de verdes esplendorosos plenas de sol y preñadas de vida. Naturalezas ubérrimas que, y ahí el contraste y la incomprensión de la vida, son incapaces de alimentar a sus hijos.

¿Cómo les digo yo a estos negros de noches oscuras y cárdenos amaneceres que añoro los caminos de Cangas? .Quizás ellos intenten olvidar los trazados en el agua del Mediterráneo por pateras viejas y quejumbrosas intentando avanzar hacia una ilusión que ha de terminar entre las aceras y sendas de la Ciudad Universitaria y los alrededores de los hospitales de Cristo Rey demandando unas monedas y esquivando a la Policía Municipal.

Son pues nuestras añoranzas de nieblas y orballos egoísmos de acomodados burgueses, de esos (y recuerdo su significación para aclararación de tuiteros de dedo fácil: de burgo, ciudad, los que viven en la ciudad), digo pues de esos que vivimos en las villas o estamos de paso en las ciudades, frente a las de aquellos de añoranzas vivenciales que lo son no tanto de los paisajes y las tierras, sino de las familias, de los hijos y las mujeres que se han quedado atrás en la promesa de ir pronto a recogerlos. Y de los pueblos que condensan la niñez y la juventud de todos ellos; sus ayeres de padres y abuelos a los que quizás nunca más vuelvan a ver.

Aunque también, y como señala el periodista García Cuartango, “Los que escribimos sobre la nostalgia en cierto modo estamos inventando un mundo que nunca existió”

Ha derivado mi matinal paseo por pensamientos tan indefinidos como la propia niebla madrileña. Veo en las pequeñas sendas amarronadas que cruzan el verde de los campos universitarios los sueños perdidos de los negros aceitunados, acarbonados, de café con leche, de labios potentes o pelos rizados en su propios rizos. Al igual que nosotros, ni uno igual al otro, como tampoco lo son los caminos de nuestras añoranzas: dulces y melancólicas la nuestras; amargas y dolorosas las suyas.

Se alejan poco a poco las nieblas aunque al sol se niega a asomarse. El termómetro del Hospital Clínico marca diez grados.

-Buenos días señor, me saluda amablemente un negro, más negro que un tizón

-Buenos días, le respondo. Y no puedo por menos de bajarme la mascarilla y, en la distancia, dedicarle una amplia y cariñosa sonrisa

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