Gonzalito, los velones y los muchachos del barrio

Gonzalito, los velones y los muchachos del barrio

FOTO: El Berzocana de entonces

La estancia olía a humo y humedad. Oscura, un tanto lúgubre. Restos de unos troncos de encina acababan de consumirse en el hogar danto un tinte rojizo al entorno y, especialmente, al viejo puchero metálico que aun conservaba un tanto de café, más bien achicoria.

Tan solo un viejo escaño cerca del fuego y una mesa destartalada y coja con dos sillas, quizás aún en peor estado, conformaban el mobiliario. Un pequeño ventanuco era el único hueco que dejaba pasar la luz, y eso en verano. Daba a la Travesía de la Corte, lugar por donde el edificio tenía también la entrada, una puerta de dos hojas de madera vieja y dañada por aguas y soles. Junto a la gatera dormitaba el usuario de la misma. La otra pared daba a la Calle de la Corte, con la que hacía esquina, y no tenía apertura alguna.

Tan solo un viejo escaño cerca del fuego y una mesa destartalada y coja con dos sillas, quizás aún en peor estado, conformaban el mobiliario

Fijado a la mesa de la cocina con su propia cera, un velón ya usado, amarillento de humos, mostraba lo signos de su mucho uso. Otro estaba en el brazo del escaño, y otro, más pequeño, en una repisa junto al fuego. Más alejado, colgado de una punta clavada en la pared, un candil de aceite. Ellos conformaban todo el aparato lumínico del edificio.

Con la cabeza encima del brazo y éste sobre un grueso libro, un hombre dormitaba.

Martin Pardilla me dio disimuladamente un codazo, me  hizo una seña, y con mucho tiento retrocedimos escalones abajo en busca del zaguán haciendo retroceder a Paco Pilón que estaba detrás de nosotros. Salimos a la calle uniéndonos a Manolo Quiste, Antonio Zamarrita, y alguno más que por allí se hallaba,saliendo todos como galgos hacia la Casa de Pardilla y la plazoleta que hay un poco más allá, nada más pasarla, a la derecha, donde vivía tío Bernardo Chocero y donde el inquilino espiado no podría ya vernos en el improbable caso de que bajase a la calle y se asomase a la puerta.

¿Qué tenía aquella casa para llamar así la atención de la chiquillería de las Carretas y Las Cortes? No era la casa, no. Era la peculiaridad de su ocupante. Sus características físicas se han perdido entre las telarañas de la memoria, pero sí tengo en mí que era buen mozo, un tanto descuidado en el vestir y de pelo revuelto.

Taciturno, huraño y desconfiado, hablaba muy poco, o nada, con los vecinos, vivía solo y no recuerdo bien si tenía familia en el pueblo. No vislumbro haber visto nunca a nadie por allí, pero puede que me equivoque, son ya muchos años. Se llamaba Gonzalo, pero era nombrado como Gonzalito.

Su desmesurada afición por la lectura debió llevarle, al igual que a Don Alonso de Quijano, a confundir los caminos de la realidad y la fantasía hasta el punto de no distinguir cuando se hallaba en el uno o en el otro. Era pacífico y con una fuerte tendencia a aislarse en sus mundos.

Su desmesurada afición por la lectura debió llevarle, al igual que a Don Alonso de Quijano, a confundir los caminos de la realidad y la fantasía

Todo ello llevó a que en el pueblo se fuese creando a su alrededor un sordo murmullo sobre lo que hacía, lo que leía, lo que comía, o como pensaba; y sin más base, claro está, que la de chismes y cotilleos de vecindario que, dado los pocos entretenimientos de aquel entonces, venían muy bien a las tertulias, ya fuesen éstas junto al fuego o veraniegas.

Sí se sabía que devoraba novelas del Oeste con fruición, quizás de Marcial Lafuente Estefanía, entonces muy en boga y con gran predicamento dado el ambiente social de agobio económico y control político y religioso. Este tipo de lecturas liberaba mentes y ataduras permitiendo a los lectores cabalgar por extensas praderas, entre caballos y bisontes, corriendo delante o detrás de los indios. Pero también manejaba otros librotes que a nuestras mentes y conocimientos infantiles quedaban muy lejanos y qué vete a saber tú de qué trataban. Decían algunas vecinas que debían de ser muy antiguos y que sus portadas y páginas estaban llenas de goterones de cera. El caso es que Gonzalito pasó a ser un peculiar personaje en el pueblo que, decían, estaba “algo tocado”. Tanto es así que mi madre, cuando me sorprendía leyendo a escondidas o fuera de hora me advertía, levantando el dedo y señalándome:

-¡Si sigues así, vas a terminar igual de tontón que Gonzalito!

Pilón aseguraba que a Gonzalito le gustaba una de las hermanas del final de la calle Carretas, que vivía enfrente de tío Miguel Portales, una casa un tanto hundida sobre la alineación de la calle y a la que se bajaba, y se baja aunque lleva ya muchos años cerrada, tras descender un par de escalones desde la calle, y luego otros dos más tras la puerta. Y por eso andaba por allí cuando ya la noche había cerrado y eran oscuras y silenciosas. Y, también por eso, por ver a la citada, decía aquel que lo veía pasar desde el ventanuco de su casa.

-¡Tu está tonto! ¡Qué novia ni novia! Onde va es a cagar a Las Carretas, le respondía riendo y encizañando Manolo Quiste.

Recordaré aquí de nuevo, pues ya lo he hecho en otros artículos, que el campo de Las Carretas, donde ahora se levanta el Cuartel de la Guardia Civil, era un lugar abierto al que los vecinos acudían a hacer sus necesidades. Aún faltaban unos años para que llegasen los cuartos de baño y el agua corriente.

Y así fueron pasando los días y los años. Nosotros creciendo con nuestros juegos y Gonzalito enfrascado en sus lecturas hasta que un buen día desapareció.

La chiquillería no nos enteramos de en qué momento sucedió ni en qué circunstancias; el caso es que un buen día nos encontramos con la casa cerrada a cal y canto. Gonzalito había desaparecido. Las mujeres nos contaron que se había ido a trabajar a las minas de Asturias. Nunca más volvió.

Las mujeres nos contaron que se había ido a trabajar a las minas de Asturias. Nunca más volvió.

A veces me da por elucubrar si alguno de aquellos mineros que cortaban las carreteras en las huelgas mineras, a los que los de la prensa acudíamos a entrevistar y fotografiar, no sería Gonzalito y el destino nos hubiese puesto otra vez frente a frente, pero sin que ninguno de los dos fuésemos conscientes de ello. Como aquel día muchos años antes agazapados en las escaleras de su casa.

Todo es posible para un final de la historia. Quede aquí su recuerdo

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R. Mera