CANGAS DEL NARCEA.- Murió Hilda Farfante “una jabata”

Como tantos hijos de represaliados, Hilda movió cielo y tierra tratando de dar a sus padres una sepultura digna. En 2020 escribió una carta a la dirección de correo que había habilitado el Gobierno para recibir ideas sobre la nueva ley de memoria histórica, aprobada finalmente en 2022. La misiva decía: “Urgente. Siempre dije que mientras me quedase voz, gritaría por ellos, pero se me está apagando… He pasado mi vida buscándolos. Se trata de mis padres. Pronto partiré y no quiero dejarlos en la cuneta”. Todos los intentos por encontrarlos fueron infructuosos, pero Hilda les rindió un permanente homenaje a través de su profesión: se hizo maestra.

Ahora la voz de Hilda se ha apagado definitivamente

  Con su pérdida, el activismo de la Memoria Histórica pierde a una de sus voces más apasionadas, una mujer que en las últimas décadas no se cansó de gritar dónde estaban sus padres. La pena, «la penísima», matiza su hija, fue que nunca llegó a recuperar sus restos. Ni las primeras veces que ella misma, de tapadillo, casi con sus propias manos los empezó a buscar, ni la campaña que en los últimos años, desde la Fundación Aranzadi y con el apoyo de la Presidencia del Principado trató, sin éxito, de ayudarla.

En el otro lado de la balanza está una vida que durante los primeros años se desarrolló en Boal y luego, en el año 50, la llevó junto a su hermana y su abuela Lina a Madrid, con sus tíos. Una vida en la que Hilda Farfante ejerció como maestra, se involucró en la defensa y recuperación del legado reformista de la república o de las Misiones Pedagógicas en las que estuvo involucrado Alejandro Casona, «primo de la familia», como le gustaba destacar. Ya jubilada, se convirtió en una de las activistas de la Memoria Histórica más destacada en el país, militancia que le mereció, entre otros, reconocimientos como el premio «Trece Rosas» o el «Rafael del Riego», concedido por los ayuntamientos de Tineo y Cabezas de San Juan (Sevilla). Con cinco hijos y multitud de nietos, su hijo Héctor la recordaba como «una jabata». «Nos ha dado una lección hasta el final, como buena maestra que ha sido siempre y como hija de maestros hasta la médula».

Mientras buscaba a sus seres queridos, no dejó de reivindicar la memoria de todos los represaliados del franquismo. Dio charlas en salones de actos, en universidades e institutos. En noviembre de 2022, Hilda Farfante fue una de las homenajeadas en el primer acto oficial en recuerdo de las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura, que desde entonces se celebra cada año y que instauró la ley de memoria democrática de 2022. Al salir del auditorio nacional de música de Madrid, donde fue ovacionada en pie por el público, dijo: “Tengo el corazón lleno”.

A la derecha en un homenaje

“Yo tenía cinco años cuando ocurrió el espanto”, relató una y otra vez. “Mi madre murió en acto de servicio. La detuvieron por ir a abrir la escuela en Cangas del Narcea. Era la directora. Y la mataron. A mi padre, también maestro, le aconsejaron: ‘Vete al monte, escóndete’, pero no se fue y también lo fusilaron. En menos de 24 horas, asesinaron a mi madre y a mi padre”. Ceferino Farfante y Balbina Gayo se conocían desde pequeños. Al enterarse de que su mujer había sido detenida por falangistas, él salió a caballo a buscarla para intentar cambiarse por ella. En una posada trataron de convencerlo para que se diera la vuelta. No lo consiguieron. Cuando llegó al cuartel el 11 de septiembre de 1936, ya era tarde. “Aquella mañana habían matado ya a mi madre y aquella misma noche lo sacaron a él por atrás y también lo fusilaron. A uno lo tiraron a una cuneta, a otro en un barranco…”, relataba Hilda.

 Ocho años después del asesinato de Balbina Gayo, en su partida de defunción escribieron que había muerto por un “hecho de guerra”. “Pero su única arma”, solía recordar Hilda, “era la llave del colegio que llevaba en el bolsillo”.

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R. Mera