CANGAS DEL NARCEA.- Crónica de un 16 de julio pasado por agua
El reloj aun no había mercado las nueve y ya los rayos del sol acariciaban los tejados de las casas de la villa de Cangas tras rodar monte abajo recreándose en Santa Marina y en Llamas.
Me había parecido oír el sonar de las campanas pero no hice consciencia de ello y seguí en mi parsimonia mañanera, esa que tan especialmente cultivamos los jubilados espacialmente si, como a mí me ocurre revoletea a ti alrededor una nietecilla especialmente empeñada en marcarte tus obligaciones y cumplimientos en lo que al desayuno respecta. La radio anuncia tormentas desde el mediodía, especialmente a la caída de la tarde. Cangas se pone en alerta.
Hace años hubiese sacado un traje, pero han cambiado los tiempos y las costumbre y me limitito a sacar la camisa con la que pregoné las fiestas del Carmen y un pantalón azul. Y así me lancé a la calle donde ya brillaba el sol y el colorido. Mi parsimonia había sido demasiada y a la altura del Parque del Minero me sorprende la descarga mañanera. La Virgen había ya llegado a la Plazo Conde Toreno, delante del Ayuntamiento. Decido seguir po el Paseo e incorporarme la procesión en Díaz Penedela.
Andan ligeros los cangueses en esta maña soleada. Se palpa el espíritu festivo, pero también se palpan las nostalgias y los ayeres idos. Un hombre pasa junto a mí portando una gran empanada y aguantando las bromas de unos y otros. Unas jóvenes pasan bulliciosas intentando estirarse unas faldas y pantaloncillos imposibles. A carreras me adelantan unos jóvenes con uniformes de peñas.
-Mera que llegas tarde, me grita uno de ellos saludando con el brazo
Unas mujeres pasan con bandejas, que se adivinan de duces y pasteles, charlando entre risas. El sonido del campanón golpea contra los tejados. La mañana del día 16 de julio avanza con todos sus clásicos y tradicionales ingredientes. La descarga de La Andorina se eleva con fuerza valle del Narcea arriba y. con el último volador, la Virgen entra en la basílica donde permaneceré de pensión hasta la tarde del 16. O eso pensábamos.

Liberado de las urgencias periodísticas de otros años, decido entra a tomar un café en la Pérgola.
Señalando al cielo Aidé, tan torbellino como siempre, me advierte:
– Esto no me gusta un pelo, Mera, pero nada,
Sonriente entro en el bar saludando a unos y otros conocidos. Al salir todo sigue su curso. Luce el sol y la gente va y viene por la Plaza de la Oliva a la espera de que salgan los que ya se encuentran en la iglesia para entrar a saludar a la Virgen o simplemente paseando curiosos. Los puestos allí instalados aumentan el colorido y el bullicio de mañana tan señalada.
Una nube negra comienza a acercarse veloz desde Leitariegos.
-Pues mira la que viene por Santa Marina, advierte una mujer que acelera el paso llevando a un niño de la mano.
Comienza a nublarse a toda prisa. Maribel llega al lugar con mis hijos y mi nietecilla. Comienza a notarse una sensación como de urgencias en unos y otros.
-Vamos andando que me da va llover. Y mis hijos comienzan a andar camino de la Calle Mayor. Paramos a saludar a no sé quién. Las gotas comienzas a estrellarse contra el suelo. Son gordas, hasta sonoras.
-Nos refugiamos bajo el toldo de La Perla junto a otros cangueses. La frase se repite una y otra vez:
-¡Malo, malo! Esto no me gusta nada. ¡Vamos a joderla! Ya verás…
-¡Todo el puto mes calor y calor, sol y sol, y ahora a joderla!, suelta un hombre que cruza a toda prisa.
Los semblantes de unos y otros comienzan a tornarse foscos.
Comienza a llover y los propietarios de puestos y tenderetes a extender lonas y colocar plásticos protectores. Las manecillas del reloj de la Basílica llegan a la una y media y continúa la Santa Misa. De cuando en vez, el eco de un cántico llega hasta nosotros. El cielo se encapota, oscurece, y comienza a llover intensamente.
Se acrecientan las carreras. Toldos, portales y aceras con voladizos se convierten en improvisados refugios. En los bares no cabe ya ni un alfiler. Minutos después parce que escampa. Aprovechadme y salimos escopetados camino de La Descarga. No de la de voladores, sino del bar así denominado donde nos esperan nuestros hijos. Apenas llegamos cuando el agua vuelve de lleno. Los granizos golpean contra las mesas vacías. Se desmantelan tarrazas y se estrechan las barras por la presión de clientes forzados. El manejo de los cochecitos de niños se convierte en un grave problema y un obstáculo a salvar.
En la contigua terraza de Del Rio se desmontan a toda prisa las mesas preparadas para comer. Más allá de los toldos, el granizo golpea con fuerza en las mesas con su típico y peculiar sonido de alarma. Nos acordamos de los viñedos. Mala época para el granizo. La Calle Mayor y el Paseo quedan desiertos en una especial hora de aglomeración en este día especial. Mucha gente sigue aún dentro de la iglesia sin atreverse a salir. Sigue diluviando.

Ante el asombro de unos y otros, los negros que venden de bar en bar y de corrillo en corrillo comienzan a ofrecer impermeables “de quita y pon” que venden como rosquillas.
Como el granizo en las losas de las aceras y el asfaltado de la calzada, una pregunta comienza a golpear de local en local, de barra en barra y de domicilio en domicilio: ¿Se suspenderá la Descarga? Los móviles se calientan. Todos buscan información al respecto. Mi hijo decide irse al Pazos a “la zona caliente” de los peñistas. Allí se concentran los debates y las discusiones. Miembros de la directiva de Artesanos van y vienen con caras circunspectas.
-¿Qué vais a hacer?
Ya se verá, lo estamos valorando, tenemos ahora una reunión.
A mi pesar, con mi mujer, continuamos ejerciendo de niñeros y en otros claros comenzamos el camino a casa. Y digo comenzamos porque no me resigno a acortar tan drásticamente uno de los mejores y más largos vermús del año y, por ello, hacemos alto en el Mallo, el antiguo Xipón de mis noches de insomnios provocados. La granizada arrecia de nuevo.
-¿Se suspenderá la Descarga?
Los expertos comienzan a aparecer como setas en umbría otoñal. Y si te asomas a Internet se multiplican por un montón más de dígitos. ¿Será por expertos?
Fuera continúa granizando con fuerza. Me llega un mensaje de mi hijo: “Están reunidos. Lo más segura es que se suspenda”.
En los bares y muchos domicilios se conecta con la TPA que tiene una unidad desplazada en el Ayuntamiento. En esos momentos es el punto esencial de referencia.
Acaba la mañana y sigue lloviendo. La comida trascurre plácida. No dejamos de mirar a la ventana. Llueve, para, graniza, para… Descabezo una pingallada en el sofá. Y me acuerdo de Marichu, ella me enseñó esta palabra; canguesa de pro, devota de la Virgen del Carmen y su camarera mayor que fue durante años, compañera de oficio, amiga. Allá arriba, en el camino de Llamas el voladorón con su nombre aguarda a buen resguardo el momento de estallar en el cielo.
Desde la TPA el alcalde cangués anuncia que tras una larga reunión con todas las partes implicadas y, por seguridad, se ha decido aplazar, que no suspender, la Descarga. Seguidamente va llegando una retahíla de aplazamientos: el Voladorón, algunas de las tiradas de la noche… Aún se confía que algunas de éstas puedan lanzarse. Y al final algunas se lanzaron pasada ya la media noche. La tarde queda totalmente descabalada.
Me asomo a la ventana. Llueve débilmente y allá, por las montañas, aparecen algunos claros. Paraguas e improvisados impermeables en la calle. No puedo por menos de evocar cómo se encontraban éstas en esos mismos momento de otras tardes pasadas del 16 de julio.
Dejo que trascurra la tarde entre añoranzas de otros cármenes vividos y juego con mi nietecilla; chocheces de abuelo.
Está despejando. Visto el panorama decido no salir. ¡Un 16 de julio!

Poco a poco despeja, la temperatura es agradable. En su informativo la TPA se extiende sobre lo sucedido en Cangas del Narcea con la suspensión de la Descarga. Será el próximo martes, día 21, justo en la víspera de La Magdalena patrona de la villa. Habrá que ajustar y coordinar horarios de disparo de las peñas de esa noche y del día siguiente… y los permisos, y los seguros, y los servicios de los sistemas de seguridad y urgencia y de los bomberos… pero no será lo mismo.
Ya en la cama, adormilado, me parce oír explosiones en la lejanía…
-Tú sueñas nin. No se oye absolutamente nada, ni siquiera llover, está despejado, me dice Maribel con sorna
Y me vino a la menta la imagen de Manolín “Banesto” en el Prao del Moín chorreando agua por todas partes aquel año en que hubo que suspender la Descarga porque llovía a mares.
Otros Cármenes, otras gentes, pero siempre, siempre, con agua o sin ella, la misma esencia.





