De vendimia, pájaros y raposas

Yo también vendimié aquel fin de semana de octubre. No fue la vendimia de La Reguerala o la del Conde de Toreno, pero se le asemejó bastante. Tampoco fue en un lugar tradicional. Acudí a los pagos de Casa Herminia, en la muy cultural Besullo, donde la pericia de los vendimiadores es tal que cuando llegué, pasadas las once, ya habían terminado.

Solo pude dar fe de la corta de unas tres hileras de albarín blanco en las que, al decir de Pepe, Pepe el Maestro, que ostenta el mayorazgo de los citados pagos, ya habían vendimiado páxaros ya raposas. Pepe es un vendimiador original. Tanto que es el único en el mundo entero que vendimia n´asturiano. Pero ello no le ayudó a capturar la raposa. Engaramó una especie de trampa con pito dentro para ver si la astuta caía. Nanay.
Pito y zorra siguieron sus caminos como si nada mientras las uvas iban desapareciendo. Dejó el perro atado en el proyecto de viña, pero tampoco. Las uvas seguían desapareciendo.

Uno de los vendimiadores, un peculiar besullense que en sus años mozos había vendimiado por Calzada de Calatrava, Tomelloso, Cataluña y otros lugares, que había contraído matrimonio tres veces encontrándose otra vez soltero, habló de los “higos pajareros”. Eso despertó recuerdos de mi niñez y rápidamente visualicé las higueras a que hacía referencia. Son unas higueras pequeñas, redondeadas, con unos higos muy dulces y pequeños, de poco valor, pero que colocadas en el entorno de las viñas logran que los pájaros acudan a ellas en manada y se olviden de las cepas. Seguro que Pepe encuentra pronto una versión en asturiano y las importa. “Figal de páxaros”, la llamaría.
Uvas no habría muchas, pero el vino corrió en abundancia demandado por jornaleros sin paga y asesores varios enfrascados en una discusión interminable sobre las calidades, sabores, graduaciones, clases de uvas, mejores combinaciones y todo cuanto a ustedes ocurrírseles pueda. Al fin y al cabo conocen esta situación igual o mejor que yo. Un vecino llegó con dos botellas para demostrar que su vino era el mejor. Otro no lo aceptó y acudió con otras dos. Pepe contribuía con las de la casa y José María, desde la parrilla, gritaba al ama:
-¡Que no falte vino, no vayan a enterarse en Cangas que en Casa Herminia se pasó sede!
A la hora de los garbanzos con bacalao, alguno que otro canturreaba o se encontraba calambucano. Garbanzos y parrillada demandaron de otras cuantas botellas y ahora también este cuntapeiro contribuyó a su vaciado pese a que al decir de nuestro hombre, el de los higos pajareros, para cuatro fotos que había hecho con un trozo de empanada y un vaso de vino iba bien servido. No se lo tuve en cuenta y, con permiso de Isabel y Elvira, yanté abondo y en buena compaña.

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