He cambiado el oso del camino por el del madroño

El verano ha cerrado oficialmente sus puertas. He dejado atrás mis paseos por el camino de Larna y la esperanza de encontrarme cualquier mañana o atardecer con el oso.

Chocolate con churros en una cafetería del barrio, en Moncloa.

He dormido apenas tapado con la sábana y esta mañana he salido a pasear en mangas de camisa. Allí, en Cangas, han quedado los fríos nocturnos y los paseos con paraguas y cazadora. Ha sido un mes de agosto (y parte de julio) raro, con poco calor, muchas nieblas y humedad, y pocas lluvias. Peor aún septiembre. Salvo una semana que pasé en Berzocana (Cáceres), que coincidió con sol en Asturias, y la del Carmen en Cangas, mis huesos no han logrado calentarse.

He cambiado el oso buscado del camino astur por el estático junto al madroño de la Puerta del Sol de Madrid. En mi paseo he vuelto a contactar con las prisas y agitación de los capitalinos. Ello no afecta a mi aislamiento de jubilado sin prisas que deja vagar la vista por edificios y calles llenas al igual que hacía con las arboledas y el camino solitario de Larna. Me sobran los escaparates salvo en muy contadas excepciones.

Los periódicos me dejan la tinta fresca entre los dedos. Cataluña acapara las portadas de todos ellos, incluso los deportivos tienen su referencia al gran conflicto que tenemos todos planteado.

Giran y giran los coches en la Plaza de Cristo Rey y decenas de personas cruzan de un a lado para otro. La cercanía de tres hospitales justifica la agitación.

Cuatro minutos después ha queda atrás todo y me interno por los campos de la Ciudad Universitaria. Las importadas cacatúas gritan entre los árboles.

Mañana emprendo el camino de vuelta

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