UN SANTISÓN FRIOLERO

Corrían los últimos años de los setenta y Cangas bullía de actividad minera con una economía pujante que llevó al periodista Luis José Ávila a definirla como “El Dorado Asturiano”.

Estábamos en Santiso. No se cómo había surgido aquello ni cómo nos habíamos puesto de acuerdo, pero sí noto aún el frío tan intenso que hacía aquel año. Había nevado un par de días antes y después heló fuertemente. La nieve quedó aprisionada en el hielo duro y resbaladizo.

-¡Mera, ni se ocurra mear fuera, aguántate!. Si sacas la minina te quedará congelada como les pasaba a los de la División Azul. Se les helaba el meao incluso antes de salir.

La voz de Antón del Bonito llegaba entre risas de uno y otros que le ponían apostillas a su frase adornándola con calificativos y otros comentarios de grueso calibre que mejor aquí les ahorro.

Estábamos en una de las bodegas del camino que ahora bordea por arriba el Museo del Vino que entonces ni existía. El barrio no se había remodelado aun y la impresión era un tanto de abandono en las bodegas de las que sus testimonios más directos era el estado de los tejados.

No recuerdo si estábamos en la de Segundo, el de Llamas, o en la que después compró Vidal, pero el caso es que hacía un frio del demonio y ni tan siquiera teníamos fuego. Ángel, el ingeniero de Carbonar, decidió encender las hojas de algunos periódicos que por allí había y nos dedicábamos a poner los pies sobre la llama buscando darlos algo de calor. ¡Ni por esas!.

Guarnizo, un facultativo andaluz, de Peñarroya, tiritaba encogido

-Esto no pue zé.¡Está helado hasta er vino!. Grandón como era agachaba la cabeza hasta llegar al cacho que mantenía a media altura.

Corría éste de mano en mano y Potolo no dudó en arrimarlo a la llama llevándose la bronca de Antón

-¿Que faes animal?. El vino hay que beberlo al natural. Tan solo puede calentarlo el que tenga catarro y aquí no hay ninguno. ¡Brío!

Andaban también por allí, Chago el practicante; Falcón, el del Registro, Robustiano, el del taller; Fino, de Berguño; Jose Avello; Luis el doctor; Pepe Gayón….

Encima de unos papeles de los que entonces se utilizaban en los comercios para envolver, se amontonaban trozos de chorizo, lacón, lomo, lonchas de jamón, queso… de los que poco a poco dábamos buena cuenta

En un momento determinado se abrió la puerta y aparecieron dos conmilitones más con una gran pota. Con gran solemnidad la colocaron sobre un taburete y repartieron las cucharas entre los que allí nos encontrábamos.

Al quitar la tapa vi lo que a mí me pareció una masa compacta de algo no identificable a primera vista.

Antón tomó el mando y nos fue distribuyendo en torno a la pota de manera que no nos estorbásemos los unos a los otros. Eran patatas con bacalao, un plato según me explicaron típico del día de Santisón y cuasi obligatorio en las bodegas en tal fecha. Y como en ella nos encontrábamos así cumplimos.

La sopa era compacta, casi dura. Había que clavar la cuchara y después tirar hacia uno para despegar del todo una pequeña porción que llevarse a la boca. No estaba mal. Seguía corriendo el vino y la sopa estaba caliente, así que la gente comenzó a animarse. Al menos psicológicamente el frio pareció amainar.

Cuando la pota dejó al descubierto, y ya casi limpia, su base, algunos pidieron pan y arrebañaban con brío. Avello, más original, mojaba el pan en el vino y después rebañaba en la cazuela.

Comenzaron los cantarinos. El cacho seguía girando y girando de mano en mano. Fuera el frío arreciaba, pero nosotros ya ni nos enteramos.

 

 

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