ENCLAUSTRADOS XXXI.- Todo va bien, pero menos

Hora de aplausos

Lunes, día 13.- De la mano de Alsina he retomado hoy mis rutinas diarias. No las de la vida en su pleno sentido, sino las de penitente enclaustrado con un mes ya cumplido de retiro, en este caso tanto espiritual como físico.

No apago la radio en toda la noche. Voy de ella al sueño y del sueño a la radio en un ir y venir sin tiempos ni espacios definidos. Simplemente dejo que el discurrir de las cosas suceda en su propio ser, sin dirigismo alguno de la voluntad; ni de la impaciencia, ni de los nervios y el azogue.

Más me apuran los sucesos del diario vivir. Me produce un inquieto cosquilleo lo del “todo va bien” ya sea con música o sin ella. A veces me da la impresión de que quieren adormecer nuestro raciocinio y mantener atemperado el conocimiento dándose simultáneamente tanto el ser como el no ser de las cosas. De alguna forma nuestros políticos, de la mano de los tan nombrados y renombrados “expertos”, parecen haber resuelto con los datos y repercusiones negativas del dichoso virus uno de las grandes dicotomías filosóficas.

Y así seguimos empeñados en que “todo va bien” aun cuando hayamos superado ya los diecisiete mil muertos y los cadáveres se amontonen en lo que fueron pistas de hielo o naves frigorificas. Y es aquí cuando me digo que menos mal que todo va bien. ¿Os imagináis lo que sería si las cosas fueran simplemente regular. ¡Y no digamos mal!. Y dice la prensa que aún falta por contabiliza unos diez mil muertos.

Está un día más la mañana nublada y penumbrosa. Ha llovido a lo largo de la noche y la villa y el concejo siguen en su diario dejar hacer, dejar pasar.

Para liberar mi mente de este negativismo decido hacer el paseo mañanero por la Sierra del Pando. Efectuar la ruta de las ermitas. Y como en lo virtual todo es posible soy capaz de sintetizar en una hora un tiempo de cuatro o cinco que me llevaría en la realidad. Pero la haré por etapas

Más allá del Cascarín, el camino va ganando altura. Se deja ver la villa y el valle se abre hasta Corias donde destaca el Monasterio. Hasta en la mente cansa la subida. Poco a poco llego a la ermita de San Antonio que, aunque no lo parezca, tan solo está a 670 metros. Llanea ya el camino y con una marcha más descansada sigo avanzando disfrutando de vistas alternativas; el valle del Luiña por las ventanas de la izquierda; y el del Narcea por las de la derecha. O cambiando el sentido según la marcha en mí ir y venir por el pasillo.

Como no llevo bocadillo ni agua decido dejarlo y seguir mañana u otro día camino de Combarro y la ermita de San Pelayo. Tampoco es cuestión de darse una paliza o bajar de golpe el efecto de las torrijas.

No les conté que el domingo vi la larga película “Tutankamón”. Se narra en la misma la epidemia que se desató en la comarca de Tebas en vida del citado faraón que arrasó con la vida de miles de sus súbditos y les llevó a cerrar la capital a cal y canto. Las autoridades confinan a los sospechosos de tener el virus, no llegaban las medicinas, se agotaron los medios, se desataron odios y altruismos y algunos, como todos los que rodeaban al faraón aprovechaban para sus negocios.

Está visto, el hombre es el animal que siempre, a lo largo de la Historia ha venido siempre tropezando una y otra vez en la misma piedra.

Paciencia y feliz jornada.

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