De nuestros pecados, vacaciones y el transcurrir de los días

Desgrana agosto lentamente sus días de sol mesetario provisionalmente olvidado de nieblas y neblinas. Y digo lentamente porque así es para aquellos que por muy diversas causas no gozan de agosto como mes tradicionalmente vacacional, o porque otras diversas de este o aquel cariz les atan a obligaciones o desplazamientos no deseados. Es para esos para los que agosto trascurre demasiado lento en sus días y se hacen eternos incluso los que quedan de aquí a su mitad.

Por el contrario, el devenir de las fechas transcurre demasiado aceleradamente para aquellos que gozan de asuetos, libertades laborales y ataduras familiares dejándose ir o venir, según cada cual, en un dejar hacer dejar pasar que retarde en lo posible el correr de los días. Todo es relativo en nuestro vivir. Y en nuestro pensar.

Y lo digo porque en mis paseos hay veces que el razonar sigue caminos totalmente ajenos a los de mis pies y vaga por otros caprichosos a los que dejo trascurrir a su aire como el agua del regato que cada día me veo obligado a sortear. Y me convenzo de que la mayoría de nuestros males provienen de nuestros errores, o de nuestras incompetencias, y no de los de las demás, como intentamos autoconvecernos y convencer a los otros de que así ocurre.

Pero en el colectivo creo que nuestros errores como país los cometemos en temas trascendentales, mientras que nuestros vecinos lo hacen en temas un tanto simples y sin mayor importancia. Comparto con José María Carrascal el pensamiento de que, en lo que a lo abstracto se refiere, a las ideas, cada uno es muy libre de coger y ejercer cualquiera, pero todo esto cambia cuando nos enfrentamos a los hechos y a las realidades. Aquí son la Ley y la dureza de la realidad cotidiana las que mandan independientemente de las ideas, incluso de las elucubraciones que la lógica muestra irrealizables.

Y nos enzarzamos y anatemizamos, y nombramos Comisiones, y Plenos, e Investigaciones aquí y allá en lo que podíamos llamar pecados veniales del hacer de los individuos en su diario vivir o trabajar, los que son de la carne, mientras que “los otros”, nuestra vecinos europeos o americanos, se centran en los espirituales y trascendentales, los que definiríamos como del espíritu.

Y son exclusivamente nuestros los pecados mortales como la envidia, el odio, el rencor, la calumnia, la mentira como medio en el medrar, la insidia y todos sus derivados, que pueden llevar a un pueblos a su autodestrucción como sociedad; y sin embargo nosotros damos mucha más importancia a los que hemos llamado de la carne, que, curiosamente, compartimos con los animales. Y a nada de lo anteriormente citado damos importancia ni exigimos a nuestros gobernantes, ya sean éstos nacionales, regionales, comarcales o locales. Nos da exactamente igual que sean honrados o no, que mientan, que no se ocupen de su trabajo, que engañen y manipulen practicando solo el postureo; que pierdan la perspectiva de la ética y la estética. De todo eso pasamos. Nos da igual, no altera nuestra vida. Para nosotros lo importante es todo lo que tenga que ver con la bragueta, la vida privada de unos y otros, incluso la de los cantamañanas que no han dado un palo al agua en su vida. Y a ello nos dedicamos con fruición y entusiasmo. Y en lo referente a los importante, a las decisiones que verdaderamente puede alterar nuestras vidas lo liquidamos con un: ¡Bahh!.¡Son todos iguales!

Mientras que la vida privada de políticos y dirigentes suele limitarse en los países de nuestro entorno a la llamada prensa del corazón y el cotilleo televisivo, aquí hacemos de ello una cuestión de Estado, mientras pasamos olímpicamente de los problemas de Estado y de gobierno y nos dejamos hundir en las crisis económica y de valores, esta última incluso más importante que la primera.

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