Nuestro derecho a ser rurales

Vallinas y Curriellos

Xuan me lo repite una y otra vez: “Un mundo rural gobernado desde las capitales por hombres y mujeres que viven en ella, incluso por aquellos que abandonaron pueblos y aldeas seducidos por la propaganda de un mundo mejor y más completo que estaba en las grandes ciudades, repetía Xuan, ese mundo nunca será viable; en general aquellos gobiernan contra los hombres y mujeres que en el campo viven”.

 No puedo estar más de acuerdo. Desde este Suroccidente asturiano tenemos la sensación no tan solo de un permanente abandono, sino de un permanente acoso.

Y podemos señalar como inicio las actuaciones que bajo el falso señuelo del progreso y la modernización, del ecologismo mal entendido y la conservación del Medio como forma de vida de unos cuantos, están condenado a nuestros pueblos a vaciarse convertidos en parajes de recreo para los urbanitas de fines de semana. Lo que no señalan, o interesadamente olvidan, es definir quién cuidará y conservará ese Medio cuando nosotros, los vecinos del Suroccidente faltemos. Entonces, cuando vengan los fines de semana, habrán de convivir y hablar con osos, lobos y jabalíes, será lo único que quede entre casas en ruinas, aldeas abandonadas y campos intransitables y hermos.

Para muchos de los que me escuchan no queda más alternativa que permanecer en la comarca. Aquel mundo de trabajo abundante y bien pagado que prometía la emigración se ha esfumado. Se esfumó incluso antes de la tan traída y llevada pandemia. Otros, los menos, sé y ustedes también lo saben, están luchando denodadamente por abrirse paso en cada cabecera de concejo, en cada pueblo, incluso en cada aldea.

Pues bien, tal parece que desde los despachos de moqueta y sillón, de asesores y técnicos de las cosas más inverosímiles y extrañas que a usted puedan ocurrírsele, pues desde ahí se legisla en contra, o tal parece, del desarrollo rural. Todo son ocurrencias y parlar y parlar del turismo como panacea universal válida para todos y cada una de las comarcas y aldeas de “este país”, al que antes llamábamos España. Como si la corriente turística fuera como la un río inagotable que año tras año repite y repite y aumenta y aumenta repartiendo sus dineros por todo el país y sus miles y miles de aldeas. Bien está el turismo rural, bien está que lo defendamos y vendamos como mejor podamos. Pero todos sabemos que eso no es el bálsamo de Fierabrás que habrá de poner fin a todos nuestros problemas.

Frénese la tiranía burocrática que ahoga al campo y las ganaderías con la aplicación de legislaciones y normas agobiantes, la mayoría sin sentido, que son como dogales al cuello de ganaderos y agricultores. Papeles y más papeles, permisos y más permisos; normas locales, y comarcales, y regionales, y nacionales… y burócratas de silla y despacho, sin repajolera idea del campo y sus cosas, exigiendo papeles y más papeles, autorizaciones, permisos y más permisos. Y detrás de todo, los ataques de los depredadores salvajes a las pequeñas ganaderías. Hay que conservar el Medio para los urbanitas de fin de semana, pontifican

Desde este olvidado Suroccidente astur reivindicamos nuestro derecho a ser rurales y a vivir en los pueblos y aldeas de la comarca donde nacimos.

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