Un paseo mañanero en un final de mayo que tal parce agosto
Caminaba por Madrid pero tal parecía lo hacía por el cangues Paseo del Vino

Ocho y media. La mañana se ha abierta esplendorosa. He dormido con la ventana abierta y la persiana subida. Ello ha permitido que la luz entrase a raudales y llevase despierto ya un buen rato remoloneando en la calma y cubierto tan solo con una leve sábana
Agoniza mayo en Madrid que está disfrazado de agosto pero con gente llenando sus calles, especialmente en los atardeceres donde hasta se corre y se empuja para pañar una silla en cualquiera de sus múltiples terrazas
Tomo café con una tostada y me echo a la calle. Nada más abrir el portal me encuentro con la absoluta soledad de la calle pese a que esta se halla situada en pleno barrio de Moncloa, muy cerca de la Plaza de Cristo Rey. Y hacia esa Plaza me dirijo con más pausa que ligereza. Ni un solo vehículo, ni un solo peatón, tan solo algún que otro ruido procedente de allá o de acullá.
Estoy en Madrid, me digo a mi mismo no sea el demonio de que, por cualquier extraña circunstancia me encuentre aún dormido y ande en tal estado por las calles cual sonámbulo ejerciente.

La Plaza, por lo general atestad de vehículos y gente, se encuentra vacía y casi silenciosa. No siquiera un solo ulular de sirena de ambulancia o de policía, algo consustancial a la zona al hallarse en la misma los hospitales de La Concepción (La Conchi que dicen los castizos) y el Clínico de San Carlos, dos de los grandes hospitales de Madrid. Bajo por Cea Bermúdez, bordeo la Plaza y cruzando los pasos de peatones en solitario, me llego hasta la entrada de la Concepción, también solitaria y huérfana del gran ajetreo diario y, dejándola a la izquierda emparedo la larga subida que me lleva a la parte trasera y entrada de urgencias del San Carlos.
Tal parece que ando por el Paseo del Vino cangués. Apenas queda acera libre comida ésta por la maleza en la parte que bordea el llamado Parque de la Virgencilla y por la otra por la trasera de los véoslos aparcados. Se hallan estos alineados con las aceras, pegaditos los unos a los otros. Quietos silenciosos, comenzando a calentarse ya sus carrocerías al sol que apunta fuerte buscando su cénit. Me cambio de acera, sigue la maleza. Me llama la atención la no presencia de ninguno de los gorrillas, que dicen en Sevilla, y que vienen a ser generalmente inmigrantes sin papeles entre los que predominan los de raza negra.

Tan solo quedan libres de maleza las aceras, y tan solo las de la izquierda, hasta que éstas no llegan a la gran entrada del hospital. Nada más dejar esta atrás vuelve a comerla la maleza. Es como si caminase por cualquier senda de Cangas o Tineo pendiente de desbrozar pese a estar bordeando un impresionante y compacto edifico.
A mi izquierda iba dejando campo abierto de pinos, arbustos y maleza, entre los cuales destacaban, allá no mucho más abajo, los edificios de las universidades. Y allí distinguí claramente al que, allá a finales de los sesenta denominábamos el `nuevo de Filosofía ‘en contraposición al ya anteriormente existente y al que yo acudía, más bien menos veces que más, en su turno de noche.
Me llegaba nítido el cantar de un autillo y otros pájaros haciendo, otra vez, que me olvidase de que me encontraba en Madrid y no en el Paseo del Vino. Rompiendo el unísono sonar de los pájaros, los gritos de las cotorras me trajeron a la menta el denunciado aumento de estas aves, que son ajenas a nuestros montes y nuestras cultura campestre, en nuestros parques.
Cambio de Calle y girando a la izquierda inicio la subida hasta la zona donde ha ya muchos, muchos años, se levantaba el viejo campo del Atlético de Madrid: El, Metropolitano”. Y allí está aún una estación de metro con ese nombre `Metropolitano¨. Continúo mi marcha hacia la avenida de Juan XXIII. Comienza a aparecer algún que otro coche. Dejo a la derecha el edificio de la Fundación Juan Pablo VI y la izquierda el CEU y Colegio Mayor San Pablo que exhibe en su fachada dos grandes pancartas relativas a la visita del Papa.

Completando el circuito estoy volviendo a la Plaza de Cristo Rey. A mi izquierda entre sombras y soles del crecer de la mañana queda el edificio del Tribunal Supremo. Está todo solitario, sin ir y venir ninguno Ni tan siquiera se percibe la habitual presencia policial. Me acuerdo de los líos judiciales que tenemos como telón de fondo de nuestro diario quehacer . Espanto este pensamiento cual si moscas cojonera fuesen.
Comienzo a cruzarme con algún que otro paseante y muy libremente se empieza a ver el ir y venir de coches y a aumentar el ruido. Ya llegando a la plaza me llega voluptuoso el olor a churros recientes que procede de una caseta allí situada. Tan solo un pequeña grupo de sudamericanos, hombres y mujeres, se encuentran alrededor de la barra.
He completado mi matinal paseo. El sol pica y, lentamente, Madrid despierte, al menos en este barrio, con un sol de agosto pero sin las vacaciones que a tales fechas corresponden. Y es que amigos, aunque no lo parezca en lo que a sol, tiempo y temperaturas corresponde hoy es domingo, día 31 de mayo. Ni tan siquiera hemos llegado a las puertas del verano.




