Un paseo mañanero en un  final de mayo que tal parce agosto

Caminaba por Madrid pero tal parecía lo hacía por el cangues Paseo del Vino

Ocho y media. La mañana se ha abierta esplendorosa. He dormido con la ventana abierta y la persiana subida. Ello ha permitido que la luz entrase a raudales y llevase despierto ya un buen rato remoloneando en la calma y cubierto tan solo con una leve sábana

Agoniza mayo en Madrid que está disfrazado de agosto pero con gente  llenado sus calles, especialmente en los atardeceres donde hasta se corre y se empuja para pañañar una silla en cualquiera de sus múltiples terrizas

Tomo  café con una tostada y me echo a la calle. Nada más abril el portal me encuentro con la absoluta soledad de la calle pese a que esta se halla situada en pleno barrio de Moncloa, muy cerca de la Plaza de Cristo  Rey. Y hacia esa Plaza me dirijo con más pausa que ligarza. Ni un solo vehículo, ni un so peatón, tan solo algún que otro ruido procedente de allá o de acullá.

Estoy en Madrid, me digo a mi  mismo no sea el demonio de que, por cualquier extraña circunstancia me encentre aún dormido y ande en tal estado por las calles cual sonámbulo ejerciente.

La Plaza, por lo general atestad de vehículos y gente, se encuentra vacía y casi silenciosa. No siquiera un solo ulular de sirena de ambulancia o de policía, algo consustancial a la zona al hallarse en la misma los hospitales de La Concepción (La Conchi que dicen los castizos) y el Clínico de San Carlos, dos de  los grandes hospitales de Madrid. Bajo por Cea Bermúdez, bordeo la Plaza y cruzando los pasos de peatones en solitario, me llego hasta la entrada de la Concepción, también solitaria y huérfana del gran ajetreo diario y, dejándola a la izquierda emparedo la ligara subida que me lleva  a la parte trasera y entrada de urgencias del San Carlos.

Tal parece que ando por el Paseo del Vino cangués. Apenas queda acera libre comida ésta por la maleza en  la parte que bordea el llamado Parque de la Virgencilla y por la otra por la trasera de los véoslos aparcados. Se hallan esto alineados con las  aceras, pegaditos los unos a los otros. Quietos silenciosos, comenzando a calentarse ya sus carrocerías al sol que apunta fuerte buscando su cénit. Me cambio de acera, sigue la maleza. Me llama la atención la no presencia de  ninguno de los gorrillas, que dicen en Sevilla, y que vienen a ser generalmente inmigrantes sin pales entre los que predominan los de raza negra.

Tan solo quedan libres de maleza las aceras, y tan solo la de la izquierda,  hasta que éstas no llegan a la  gran entrada  del hospital. Nada más dejar esta atrás vuelve a comerla la maleza.  Es como si caminase por cualquier senda de Cangas o Tineo pendiente de desbrozar pese a estar bordeando un impresionante y compacto edifico.

A mi izquierda iba dejando capo abierto de pinos, arbustos y maleza, entre los cuales destacaban, allá no muncho más abajo, los edificios de las universidades. Y allí distinguí claramente al que, allá a finales de los seta denominábamos el `nuevo de Filosofía ‘en contraposición al ya anteriormente existente y al que yo acudía, más bien menos veces que más, en su torno de noche. Buenas tardes

Me llegaba nítido el cantar de un autillo y otros pájaros haciendo, otra vez, que me olvidase de que me encontraba en Madrid y no en el Paseo del Vino. Rompiendo el unísono sonar de los pájaros, los gritos de las cotarras me trajeron a la menta el denunciado aumento de estas aves, que son ajenas a nuestros montes y nuestras cultura campestre, en nuestros parques.

Cabio de Calle y girando a la izquierda inicio la subida hasta la zona donde ha ya muchos, muchos años, se levantaba el viejo campo del Atlético de Madrid: El, Metropolitano”. Y allí está aún una estación de metro con ese nombre `Metropolitano¨. Continúo mi marcha hacia la avenida de Juan XXIII. Comienza a aparecer algún que otro coche. Dejo a la derecha el edificio de la Fundación Juan Pablo VI y la izquierda el CEU y Colegio Mayor San Pablo que exhibe en su fachada dos grandes pancartas relativas  a la visita del Papa.

Completando el circuito esto volviendo a la Plaza de Cristo Rey. A mi izquierda entre sombras y soles del crecer de la maña queda el edificio del Tribunal Supremo. Está todo solitario, sin ir y venir ninguno Ni tan siquiera se percibe la habitual presencia policial. Me acuerdo de los líos judiciales que tenemos como telón de fondo de nuestro diario quehacer los espósales. Espanto esto pensamiento cual si moscas cojonera fuesen.

Comienzo a cruzarme con algún que otro paseante y muy libremente se empieza a ver el ir y venir de coches y a aumentar el ruido. Ya llegando a la plaza me llega voluptuoso el olor a churros reciente que procede de una caseta allí situada. Tan solo un pequeña grupo de sudamericanos, hombres y mujeres, se encuentran alrededor de la barra.

He completado mi matinal paseo. El sol pica y, lentamente, Madrid despierte, al menos en este barrio, con una sol de agosto pero sin las vacaciones que a tales fechas corresponden. Y es que amigos, aunque no lo parezca en lo que a sol, tiempo y temperaturas corresponde hoy es domingo, día 31 de mayo. Ni tan siquiera hemos llegado a las puertas del verano.

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R. Mera