CANGAS DEL NARCEA.- Domingo de Ramos. Mañanero paseo en el primer día de primavera

Paseo  jpgEl Domingo de Ramos ha amanecido plenamente asturiano. Las nieblas se van desprendiendo de los tejados de las casas de Santa Marina y Llamas e inician una lenta ascensión montaña arriba dejando coronas de gotas brillantes en árboles y prados.

Las calles de la villa se desperezan mojadas y muestran bajo los aleros de los edificios estrechas sendas secas. Debe haber orballado  esta madrugada. Miro por la ventana y decido coger el paraguas, nunca se sabe lo que puede suceder. Y hoy precisamente comienza la primavera.

San Catalina no ha despertado aún a pesar de que el reloj marca las ocho y media de la mañana. Puertas y balcones cerrados, carretera solitaria. Tan solo otra caminante habitual de las mañanas, Mari Teimil, se cruza conmigo. Reflejan tenues chispacillos de luz los tejados de San Tiso. El pueblo aparece abrazado por prados, que ya lucen verdes brillantes y diversos, y por las aguas del Luiña que interpretan mil partituras de metal en la estacada. En el Paseo del Vino me dejo llevar por el ritmo no controlado de mis pies y el  libre albedrío del pensamiento que, por momentos, marca blancos vacíos en su discurrir. Las aguas bajan rápidas y tumultuosas, ha llovido mucho en estos días y las nieves han comenzado a derretirse. Fuentes, regatos, arroyos, arroyos y riachuelos aportan borbotones de agua que llegan por todas partes. El río acaricia suave las riberas más bajas o golpea con fuerza contra muros y árboles. Sus múltiples sonidos terminan por fundirse con mis deslavazados e incoherente pensamientos formando un todo indistinguible.

A la altura del Pontón, junto a las huertas de Peña, los árboles ya han sido podados y anuncian brotes a poco que el calor haga acto de presencia. En ellos y unos bardales cercanos, unos ruiseñores comunes, acompañados de gorriones y otros pájaros, cantan ya la llegada de la primavera. Sin saber cómo uno deja de escuchar todo lo que sucede a su alrededor, y simultánea e incomprensiblemente oyéndolo, se deja ir en una sensación de vacío y placer. Ni siquiera el camino se presenta como algo a recorrer. Simplemente está allí.

La Himera también se encuentra vacía. Ni siquiera quedan señales de la Feria de Ramos celebrada ayer. Paniagua rodea el recinto ferial encerrado en sus pensamientos y su caminar. De tarde en tarde pasa un coche con los esquíes en la baca camino de Leitariegos. Cuento al menos veinte vacas pastando en el prado situado frente al ferial al otro lado de la carretera.

Las nieblas se han colocado en cuerda en las montañas que rodean la villa. El termómetro marca ocho grados.

Ya de vuelta, las campanas llaman a los fieles a misa y la bendición de palmas y ramos. Comienza la Semana Santa

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