REMEMBRANZAS BERZOCANIEGAS.- Foto Díaz y un helado en las fiestas

 

R. MERA.- Berzocana a finales de los 70
R. MERA.- Berzocana a finales de los 70

A mi amigo Miguel González “Esquelina” que provocó el recuerdo y activó el teclado

Debía de ser el lunes de las fiestas cuando ya se agotaba la década de los cincuenta. Entonces se celebraban el último domingo de agosto y el calor había apretado de lo lindo durante todo el día. Había pasado lenta la hora de la siesta, el sol comenzaba ya enrojecer por las dehesas y la grey infantil y juvenil comenzaba a concentrase en el rollino a la espera de lo que aconteciese una vez que ya se habían acabado “los toros” y los mayores se distribuían por el contorno de la plaza o volvían a sus barrios comentando los avatares taurinos acontecidos con las vacas “de la Viuda” (en referencia a Doña Inés que las traía de La Nava) o con el toro.

El rollino era el punto central de concentración. Desde allí, y ante cualquier acontecimiento, los grupos de chavales salían disparados chillando como vencejos a uno u otro lugar según el punto señalado como referencia por cualquiera de los allí congregados.

-¡Mirad! ¡Ha llegado el fotógrafo”, gritó Miguel Esquelina apuntando con el dedo hacia la otra punta de la Plaza.

Efectivamente, “FOTOS DÍAZ”, instalaba su retablo/estudio junto a la pilita, a la puerta de tío Eugenio Palrapoco. Y hacia allí corrimos un grupo numeroso con Filipino a la cabeza, Luís Gordura, Manolo Mecalienta, Antonio Zamarrita, Pablo Chichas, Juan Luís Marchena, Fujito Pio, y otros, dispuestos a curiosear las novedades fotográficas que llegaban.

El retablo del posado consistía, con pocas variaciones de un año a otro, en un cuadro, pintado sobre una sábana, con una fuente muy romántica y abundantes escalinatas con flores de todo tipo, unos jardines de Versalles a lo cutre y bajo unas nubes hinchadas. Para hacernos la foto nos colocaba delante del cuadro y apretaba al botón que provocaba un fuerte resplandor que nos sorprendía. ¡Oh témpora, oh “moros”¡ que decía aquel ilustradillo cambiando el final del dicho latino.

Pero la mayor atracción de la grey infantil se centraba en un caballo que Manolo, el fotógrafo, colocaba a un lado del telón de fondo y al que deseábamos subirnos todos.

El autor en el caballo
El autor en el caballo

Era un caballo de cartón de gran alzada en relación a nuestra estatura cuyas patas descansaban sobre una tabla provista de ruedas que permitían moverlo. Montura enjaezada y bridas completas nos permitían cabalgar con seguridad dejando volar la imaginación mientras Manolo preparaba aquella complicada cámara para hacer la foto. Preparada la máquina se iniciaban las instrucciones del posado:

-Sube la cabeza, mira hacia aquí; no, solo con la cabeza, no muevas el cuerpo, sube la barbilla. Quieto…. Quieto…. Y zas, el fogonazo. Lo peor es que había que bajarse del caballo.

No era tan fácil hacerse la foto. Decían nuestros padres que era muy caro y, por ello, casi siempre había más niños mirando y comentando que subiendo al dichoso caballo.

Cada vez que hablo de Manolo me viene a la memoria la imagen, un tanto difuminada, de la que fue su mujer, María Ángeles. Era esta una moza de las que se decía de “rompe y rasga”, guapa y garbosa que llamaba la atención a los que  iniciábamos la adolescencia. En aquel entonces era novia de Antonio “Berenguelo”, pero apareció Manolo y se llevó el gato al agua. Son estos detalles sin ninguna importancia pero que no sé por qué extraña razón permanecen en la memoria frente a otros que, quizás más importantes, desaparecen.

Alguien nos sacó de nuestra concentración fotográfica

-Los helaos, el carro de los helaos

Como el lector habrá adivinado se refería al carrito que albergaba los helados para la venta y que en esos momentos desembocaba en la Plaza desde la Calle León. Era un pequeño carrito con ruedas de radios y un toldo, pintado de blancos y azules, que empujaba Ángel. Era éste un hombre enjuto y fibroso, muy delgado, y casi siempre con un pitillo, generalmente apagado, colgando de los labios. Ejercía sobre algunos de nosotros una atracción especial: había sido legionario y en uno de sus brazos ostentaba un tatuaje con el símbolo de tal cuerpo, algo inaudito para nosotros en aquellos años. Creo recordar que también se dijo que había estado en la División Azul. ¡El no va más para nuestro restringido espíritu aventurero.

Miguel y yo corrimos a su encuentro olvidándonos de Foto Díaz.

-A ver muchachos, ¿qué queréis?

Teníamos pocas opciones. El domingo de las fiestas nos habían dado una peseta y la estirábamos todo lo que podíamos. Tras los gastos del citado domingo a mí tan solo me quedaba un real, justo para un helado de cucurucho. Los otros, los de corte, esos que se cortaban con un cuchillo de un tronco conformado por vainilla y chocolate y que se colocaban entre dos galletas de coco, esos eran carísimos y para los mayores.

(Aclaro aquí para las nuevas generaciones que cada peseta (la moneda tipo de entonces) tenía cuatro reales y cada real 25 céntimos. Lo componían dos perras gordas (10 céntimos cada una) y una perra chica (5 céntimos). Al cambio de hoy una peseta serían 0,06 euros y aquel real equivaldría a 0,0015 euros. De haber tenido un euro me habría comprado 666 helados).

 -Yo tengo otro, señaló Miguel eufórico refiriéndose al real

-Ángel: dos helaos de a real, dijimos casi al unísono

Un carro de helados de aquel entonces
Un carro de helados de aquel entonces

Con solemnes ademanes Ángel procedió a abrir uno de los dos cubos que conformaban el carrito y con habilidad cargar la cucharilla que después, con un ademán especial, vaciaba en el cucurucho entregándonoslo.

Los niños de aquel entonces teníamos una habilidad especial para alargar la duración del helado. Dejábamos la pequeña cucharilla de plástico que traía incorporada y dábamos chupetones en redondo al cucurucho de galleta de coco evitando que se perdiese ni una sola gota de tan suculento manjar. Lo hacíamos girar enganchando chupetón tras chupetón hasta que solo quedaba lo de dentro, entonces, y tan solo entonces, usábamos la cucharilla aunque había alguno que rompía la estrecha base del cónico cucurucho y succionaba con fruición. La esencia estaba en que el helado durase todo lo posible pues vete tú a saber cuándo podíamos enganchar otro. A lo mejor hasta las próximas fiestas.

Y así Miguel y yo alargamos y alargamos nuestro helado mientras la noche se iba apoderando de la plaza. Como era el lunes de las fiestas podíamos acudir más tarde, pero no mucho, eh.

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