Sofía y la xana del Corral

Sofía y la xana del Corral

Desde la calle Mayor, Sofía llegó hasta El Corral, la Plaza de Asturias la llamaban ahora, un tanto despistada. Caminaba a solas con sus pensamientos, con las idas y venidas de su imaginación alocada y sus realidades, mezclándose todo ello en su cabeza sin asentamiento lógico alguno, cual si fueran fotogramas de una película pasando continuamente.

Sin tan siquiera mirar, cruzó el paso de peatones de Pintor Luís Álvarez viéndose ante el Amador. Y justo ahí le vino a la mente la imagen de su abuelo Matías. Solía acudir allí en los atardeceres de primavera y verano a charlar con los amigos y contemplar el ir y venir de los camiones camino de Rengos a las minas, volver de la térmica de Soto, o parar en la gasolinera. Le gustaba charlar con los camioneros y recordar viejos tiempos, aquellos en qué eran jóvenes y todo les parecía fácil y emocionante aún teniendo en cuenta los difíciles que fueron. Al abuelo le gustaba contar la historia del estraperlo de la postguerra, de las aventuras del llamado Capadehule, guerrillero para unos, bandidopara otros; de Asturias, de los campos, las romerías, él coger la hierba; de las grades meriendas y las historias, junto al fuego, de trasgus, brujas y diablos burlones. Él fue el primero que le habló de las xanas.

Desde entonces sintió siempre una atracción especial por estas mujeres de la leyenda asturiana. Vivian en los ríos, en las fuentes de aguas claras y cristalinas que muchas veces usaban como espejos Tenían cabelleras rubias y largas y, sentadas junto al agua, peinaban una y otra vez sus cabellos, enamorando a cuantos mozos pasasen por las cercanías.

Pasó frente al edificio del juzgado girando a la izquierda. Pasó frente al Asilo y comenzó a bajar camino del rio, del Pozo denominado del Corral por su ubicación en el barrio del mismo nombre. No fue consciente del giro efectuado en su caminar, como tampoco de la musiquilla que se fue asentando en su cerebro y que comenzó a canturrear susurrando:

“Vas por agua vas por agua/a la fuente de la Aurora, /el galán que te enamora/esperándote allí está, /el galán que te enamora/esperándote allí está”.

Cuenten que al amanecer, /mientras duerme la quintana,/el galán de tu querer/viene a hablar con una Xana./Rosa temprana, dime si eres tú/la amante Xana/la amante Xana”.

Llegó junto al pozo y se sentó en una de las piedras lisas y relucientes mirando rio abajo. Lucía el sol espléndido y sus rayos rielaban en las tranquilas aguas del Narcea que al llegar allí pausaban su discurrir y parecían adormilarse entre las piedras y las sombras.

Con un dedo de su mano removía inconscientemente las aguas de un pequeño charco que allí, entre las piedras, habían formado las aguas que, por lo que fuere, habían perdido el discurrir del resto y allí habían quedado aisladas perdiendo en su despiste el seguir del rio camino del Nalón como naturalmente le correspondía.

A Sofía le llegó lejano el estallar de un volador y, envuelto en una muy ligera brisa, le pareció oír lejano, muy lejano, el sonar de gaitas. Y tenue, muy tenue, quedó este sonido entre el rumor del agua. La envolvió una gran placidez. Apenas percibía tan solo el contacto del agua con su dedo que seguía girando en el charco. Miró hacia el formado en el río, bajo el puente. Le pareció que del agua saltaban persiguiéndose como pequeñas gotas luminosas que emitiendo destellos del blanco al amarillo y del amarillo al blanco subían unos centímetros y se hundía de nuevo dando salida a otras nuevas. Y así en una sucesión continua. De nuevo le llegó lejano el sonido de gaitas… era una melodía conocida.

– Vas por agua vas por agua/a la fuente de la Aurora…

Envuelta en un agradable sopor su vista iba y venía errática río arriba río abajo. Le pareció distinguir otra vez un remolino de agua que girando deprisa sobre sí mismo subía desde el centro del charco más grande cayendo de nuevo. Miró atenta. Le pareció que le costaba abrir los párpados, pero no. Incomprensiblemente aumentó la luz del entorno y ahora el chorro de agua subió más alto envuelto en estrellitas chispeantes de múltiples colores, como si fuesen fuegos artificiales en la noche canguesa del día 15 de julio.

El chorro bajaba y volvía a subir cada vez más alto, cada vez más chispeante.

Y de pronto, emergiendo de forma súbita, envuelta en estrellas y espumas luminosas, se mostró ante sus ojos una hermosa mujer. Rubia, esbelta, de ojos tremendamente azules y luminosos. Una gran melena le caía más abajo de la cintura y una corona de flores ajustaba sus rubios cabellos a su cabeza. La cubría una túnica blanca, casi transparente, y de sus hombros y brazos se desprendían una serie de velos verdes y azules que parecían girar a su alrededor mostrando y tapando su cuerpo.

La música de gaitas se hizo más dulce y a ella se unieron sonidos de flautas y violines. La mujer la miró sonriente y le extendió una de sus manos invitándola a unirse a ella.

-¡Una xana! ¡Es una xana! Se dijo Sofía sorprendiéndose a sí misma. Una xana del Narcea.

Perdió la noción del tiempo y del momento. Tan solo oía la música, el rumor del agua. Tan solo veía sus ojos fijos en ella y la mano de la xana llamándola. Creyó percibir en un ligero susurro su voz clara y armoniosa

-Sofía, vente, vente conmigo, serás también una xana del Narcea.

Se levantó Sofía con la mirada fija en la mujer. Se intensifico la música que le llagaba de lejos, comenzó a oír el agua del rio envolviendo las piedras y chocando contra el pilar del puente.

Extendió sus brazos y comenzó a caminar hacia la mujer. Se sentía plena de felicidad, muy tranquila, relajada, como envuelta en un dulce sueño de sonidos armoniosos y luces chispeantes… La tarde declinaba

-¡Sofía! ¿Qué haces?

La brusquedad de la voz chocó con fuerza en sus oídos. De repente notó un golpe en su cuerpo, sintió frío y sensación de ahogo.

Sintió un tirón hacia arriba y en aquel momento, intentando llenar de aire sus pulmones, fue consciente de que se hallaba en medio del charco del río, prácticamente bajo el puente

– ¡Tas loca!, ¡completamente loca!, le gritaba un hombre tirando de ella hacia a la orilla.

-¡La xana!, ¡Me estaba llamando la xana del Narcea!, balbuceaba Sofía tiritando y chorreando agua por todas partes

-¡Voy date yo xana!, la recriminaba Luis, un vecino del Corral que se había lanzado al agua al ver como Sofía, con los brazos extendidos, se metía en el gran charco hundiéndose en el mismo.

-¿Querías suicidarte ho?

-La xana, me estaba llamado la xana…

Luis la zarandeo con brusquedad. Simultáneamente sonó una tanda de voladores… tan solo en ese mismo momento Sofía recuperó totalmente la consciencia mirando asustada a un lado y otro.

-Dormida…, me quedé dormida, se dijo.

Era la noche de San Juan y en el barrio cangues del Corral se disponían a celebrarlo.

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R. Mera