BERZOCANA.- Un Jueves Santo de campanitas, órgano, esquilón y campanas.

Berzo

Introibo ad altare Dei.

Era Jueves Santo. Don José Álvarez, el párroco, acababa de acceder al altar e iniciaba la misa. En aquel entonces, el oficiante daba la espalda a los fieles. La iglesia estaba llena. Las mujeres, cubiertas con velos la mayoría negros, ocupaban los bancos de la nave central que conformaban dos filas con un gran pasillo en el centro. Atrás, en unos pocos bancos longitudinalmente colocados, o agrupados bajo el coro, se apelotonaban los hombres vestidos de domingo y entre  los que predominaban las chaquetas de pana negra. En  las  naves laterales, a uno y otro lado, se hallaban colocados los escolares. En la cabecera de cada una de ellas las niñas con su maestras y junto a las últimas columnas, los niños con sus maestros.d

Pero ese día, junto al altar había algo distinto que rompía la cotidianeidad. Cuatro monaguillos, dos a cada lado del altar y revestidos con sotana negra y roquete blanco se arrodillaban en los peldaños de acceso a cada lado del mismo. Otros dos, con sotanas rojas, cerraban el cuadro colocados en el frente. Junto a la sacristía, vestidos de calle, otros dos. Todos sujetaban en sus manos campanitas de diversos tamaños y tonos.

torre, en el coro, otros dos se encontraban junto a la soga que trepando bóveda arriba y a través de un agujero llegaba hasta el esquilón, en la torre. Dos más junto al fuelle del órgano esperaban la indicación de Juan Luis, el organista, para comenzar a darle aire. En la torre,  dos monagos más: uno sujetaba la cuerda que manejaba el badajo de la campana gorda, otro la que unía la mediana y la chica que se tocaban simultáneamente.

Todos esperaban el momento en tensión: Don José se volvió hacia los fieles, alzó los brazos al cielo y entonó con gran solemnidad:

-Gloria in excelsis Deo

Y entonces se armó: los monagos comenzaron a agitar con fuerza y rapidez sus campanillas, el coro y el órgano entonaron el gloria, la cuerda del esquilón se tensó y lo hizo sonar; esa fue la señal para que se iniciase el  golpeo de campanas. Y todo sonó y sonó sin que nadie desmayase en el empeño hasta que finalizó el Gloria. Y pareció que hasta las cosas respiraron aliviadas liberando tensión.

Terminada la misa, y mientras los fieles abandonaban el templo llenando el mismo de comentarios de todo  tipo, diversas mujeres se afanaban en tapar con cortinas, negras o moradas, las imágenes de todos y cada uno de los santos. La Mariquina fue la primera en dejar cubierta la de San José. Luces, candelabros, flores, todo se retiraba, los altares quedaban desnudos. Seguidamente los monagos quitaban también el agua bendita de las pilas de entrada. Tan solo el monumento quedaba adornado e iluminado.a

En las escaleras de atrio, unos niños gritaban y jugaban, dos niñas cantaban moviendo brazos y manos rítmicamente

-¡Eh!, vosotros, ¿no sabéis que no se puede cantar ni gritar?

-¿Y por qué tía Inés?

-Porque se ha muerto el Señor, respondió rotunda y convencida Inés que, del brazo de tía Teresa, salían de misa

– ¿Y venís vosotras del entierro?, preguntó curioso uno de ellos.

-Pues claro. Se ha quedao ya muerto ahí dentro de la iglesia

-Pues nosotros no hemos visto el entierro, preguntó el otro algo incrédulo.b

-Porque estabais jugando, y además ha sido dentro de la iglesia.

-Vale, respondieron marchando corriendo calle abajo sin más comentario, algo impensable hoy en día. Seguro que hubiesen mandado a Inés al carajo y hubiesen seguido a los suyo. En aquel entonces a nadie se le ocurría replicar a una persona mayor.

Pues muerto el Señor, como decía Inés, se iniciaban unos días largos y pesados: nada de música, nada de baile, nada de vestidos de colores ni de canciones. La radio solo emitía música clásica y a la televisión aún le quedaba tiempo para llegar a los pueblos. Los más pequeños lo notaban menos porque la plaza y las calles continuaban abiertas a sus juegos sin cortapisa alguna. Para los mozos y mayores era distinto, paroladas en la plaza para los segundos y paseos hasta el Peral de las Mozas o la Concepción para los primeros.

Todo volvería a la normalidad cuando a última hora del Sábado Santo, en la misa Don José volviese a entonar el Gloria y campanitas, órganos, coro, esquilón, campanas, y ahora tambien las dos matracas volviesen a sonar con estrépito.

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R. Mera

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