Un guía inesperado

Un guía inesperado

 Domingo 20 de noviembre. La mañana se iba abriendo a la luz con neblinas y algo de orbayo (orvallo) que terminaron difuminándose con el paso de las horas. Por un momento pensé en cómo fue aquella mañana del mismo día, pero de 1.975. Tras el “parte médico habitual” que se había venido emitiendo diariamente, Franco moría en su cama tras cuarenta años de dictadura. Han pasado otros cuarenta de democracia.

Estaba la mañana pletórica de otoños asturianos y el termómetro marcaba 14 grados. Era buen momento para salir a pasear. Maribel y yo cogimos el coche sin nada predeterminado. Teníamos que subir a Larna a controlar las goteras de la casa solariega de su familia, recordó de pronto. Todo estaba en orden. Sobre la marcha, y pese a ser ya la una de la tarde, decimos ir hasta Moal y dar un paseo hasta Tablizas, entrada oficial a Muniellos

un-guia-inesperadpAparcamos en el campo de la fiesta, detrás de la ermita. Nada más bajar del coche, un perro negro, de pelo brillante por el agua, se acercó hasta nosotros moviendo el rabo, gruñendo cariñoso, y ofreciéndonos una gran hoja seca que llevaba en la boca. Le acariciamos. Giraba una y otra vez a nuestro alrededor sin dejar de saltar y mostrar su contento. Como si nos conociera de toda la vida. Emprendimos el camino. El perro se colocó delante de nosotros y, decidido, tomó la misma dirección. Dejamos atrás la última casa del pueblo y cambiamos el paso de paseo por el de caminar. El perro, como si supiese nuestras intenciones seguía mostrándonos el camino.

Había un silencio absoluto. Era perceptible el roce de nuestras botas sobre el camino, el crujir de las hojas pisadas y el golpeo rítmico del paraguas, que ejerciendo de bastón, golpeaba en el suelo. El cielo pasaba de mostrarnos retazos azules a enseñarnos negros nubarrones. A nuestra izquierda, las aguas del Muniellos, aún no muy abundantes, discurrían cantarinas remansándose en charcos que se cubrían de hojas que, tras girar una y otra vez sobre sí mismas, seguían su camino hacia cualquier orilla. Aquí y allá, pequeñas cascadas aumentaban el sonido de las aguas limpias.

A veces, cuando nos perdía de vista, el perro volvía sobre sus pasos y esperaba hasta tenernos de nuevo2 cerca, preocupado quizás de que perdiésemos nuestra ruta. Al llegar a cualquier cruce o arranque de senda o camino, paraba hasta que casi llegábamos a su altura y entonces reanudaba de nuevo el camino dirección Tablizas. No sé por qué extraño mecanismo, sabía perfectamente dónde queríamos ir.

De vez en cuando paraba en seco, estiraba el cuello y el rabo y se quedaba con la vista fija en el monte. De pronto arrancaba, trepando ladera arriba con ligereza y se perdía entre la maleza. No tardaba en volver y seguir marcando el camino.

Las chuecas (esquilas) de las vacas, tumbadas en una hierba mojada de verdes brillantes y diversos, rompían suaves los silencios integrándose en los mismos junto al rumor de las aguas y, de vez en cuando, con el suave rozar del viento en las secas hojas de los árboles. En un prado, junto al camino, un grupo de caballos negros, quizás asturcones, se acerca hasta nosotros, puede que acostumbrados a que la presencia humana implique para ellos comida.

El camino se alargaba y la corta tarde otoñal avanzaba inexorable aportando oscuros reflejos a las laderas opuestas al oeste. Llegamos al viejo y ya casi inexistente aserradero.

3 Me vino a la menta la imagen de Benigno, el quiosquero que fue del instalado en la Plaza de la Oliva y casado con Nieves. Había trabajado allí durante su juventud cuando la corta de árboles en Muniellos era masiva.

El perro sin nombre ni collar, caminaba ahora junto a nosotros. Llegamos a Tablizas y, mientras nosotros nos dirigíamos hacia el aparcamiento y la entrada oficial a la Reserva él emprendió el camino de la casa.

Eran ya más de las tres de la tarde y aún no habíamos comido, Emprendimos el camino de regreso dejándonos atrapar por la Naturaleza, Una piedra se desprendió del monte y vino achocar con estruendo contra las aguas, pillándonos totalmente desprevenidos. Bromeamos con que hubiese sido un oso. El perro había desaparecido.

Justo cuando montábamos en el coche apareció de nuevo el perro gruñendo mimoso y rozándose contra nosotros. Le dedicamos la última caricia y emprendimos el regreso. Se quedó allí quieto mirando como nos alejábamos. Quizás esperando unos nuevos visitantes a los que indicar, por tan solo unas caricias, el correcto camino hacia Tablizas.

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R. Mera

2 comentarios en «Un guía inesperado»

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