BERZOCANA/NARCEA.- Nada hay nuevo bajo el sol: De Gilipollas a Felipolla

Gil_y_pollas[1]

A finales de julio, paseando por el distrito de Moncloa, mi curiosidad me hizo detenerme ante uno de los múltiples quioscos que se ubican en sus calles. Allí, entre múltiples revistas de todo tipo, se encontraba “Madrid Histórico”. No la conocía. Cogí un ejemplar y ojeé sus páginas de buen papel, magníficamente impreso y con unas fotos de gran calidad. La compré.

En una de sus páginas, entre magníficos e históricos reportajes sobre la capital del Reino encontré uno titulado “De dónde viene…”. Pues bien, no he podido resistirme a compartir uno de estos “de dónde..” con vosotros. Y lo hago en la creencia de que, quizás con demasiada frecuencia, estamos convencidos de que una expresión, un dicho o una forma de hacer que acabamos de descubrir son muy modernos, y no, no es así.

 ¿De dónde viene la palabra “gilipollas”?.

Cuenta Pedro Sala Ballester en el citado artículo que el término nació en Madrid y terminó colándose con todo derecho en el Diccionario de la Lengua. Tiene su origen, dice, en don Baltasar Gil Imón de la Mota, fiscal del Consejo Supremos de Castilla y gobernador de Hacienda en la época de Felipe III.

En aquella época los ricos cortesanos eran muy dados a hacer ostentación  pública de sus riquezas y no esto no gustaba mucho al rey. Tanto que decidió castigar con multas a los que así actuaban y que el pueblo conocía como lindos, pisaverdes o pollas. Mas o menos lo que hoy conocemos como pijos, asegura Sala.

Las tres hijas y la esposa del citado Baltasar Gil eran muy dadas a esta ostentación, para cabreo del fiscal y gobernador, y se sintieron muy ultrajadas por la orden del rey decidiendo saltársela a la torera saliendo a pasear en coche por el Paseo del Prado luciendo sus mejores galas y joyas. Los alguaciles reales intentaron llamarlas al orden, pero dado su mal carácter y su posición nada pudieron hacer más allá de enviarlas a su palacete sin castigo alguno.

La situación se prestaba al pitorreo del personal y esto cabreó a Gil quien prohibió a sus mujeres salir a la calle si no era vestidas de monjas, cosa que cumplieron. Imagínese, amigo lector, el pitorreito de los madrileños de la época al llegar aquellas mujeres vestidas de monjas a todos los actos a los que, por razón de su cargo,  Gil Imón se veía obligado a concurrir. Añadan a ello el carácter cursi y ñoño de madre e hijas y tendrán el cuadro completo.

Por todo ello era común que al ver llegar a la familia se  comentar por lo bajo: “Ahí llega Gil acompañado de sus pollas”. De ahí se pasó a algo así como: “Mira, Gil y pollas”; para, como ya habrá adivinado el avispado lector, pasar a “Gilipollas” y quedar acuñado el término para designar “el carácter inconsciente de un tonto que no sabe que lo es y que presume de ser así”.

gilopollas montaje

Felipolla

 Estoy casi seguro de que a mis paisanos de Berzocana les ha venido a la mente otro apodo de parecida sonoridad pero que en nada se corresponde con la aplicación del anteriormente descrito. Un vecino, de carácter bonachón y que daba por bueno cuanto acontecía, era conocido por el mote de “Felipolla”. Queda claro que el tal se llamaba Felipe, aunque el que esto escribe no tiene la menor idea de donde vendría lo de “polla” aunque coligue que no precisamente del calificativo de las mozas de la época de Carlos III sino que más bien vendría a corresponderse con  alguna precisa parte de la anatomía masculina a la que debía hacer constante referencia.

Cuéntoles el caso que le ocurrió y que le hicimos relatar más de una vez al propio Felipe que se reía tanto con el chascarrillo como nosotros.

Un buen día, mi hermano Miguel y unos cuantos se hallaban en el bar cuando entró un hombre que resultó ser tratante de ganado. Tras pedir un vino se dirigió a ellos preguntando:

-Ustedes perdonen: Es que no se muy bien si decirlo o cómo preguntarlo, pero no sé otro ningún nombre. ¿Ustedes conocen al señor Gilipollas?

-Los clientes se miraron con cara de asombro y tardaron en reaccionar. Al final, conteniendo la risa como podían orientaron al tratante.

-Mire, suba usted esa calle arriba hasta a la iglesia, luego verá una cruz y una ermita, allí al lado vive.

Los muy tunantes adivinando lo que ocurriría orientaron bien al tratante pero se guardaron muy mucho de sacarle de su error con el nombre.

Llegado aquel a la casa llamó y salió a recibirle el mismo Felipe.

-Buenos días, dijo el hombre

-Buenos días tenga usted, contestó Felipe ateniéndose a la vieja fórmula de la cortesía. ¿Qué desea?

-Pues verá, es que… pues que…. no se como decirlo… pero… ¿es usted el señor Gilipollas?, es que vengo por lo de las ovejas.

Al llegar aquí, los tunantes del bar siempre decían a Felipe

-¿Y tu que le dijiste?

-¡Coño!. Le dije: Pues mire usted, sí, soy el de las ovejas, pero soy Felipolla, no Gilipollas, se ha confundido usted.

Cuentan que el sucedido lo contaron ellos dos de vuelta al bar para cerrar el trato de venta de las ovejas entre grandes risas de unos y otros. Después a Felipe se lo hicieron contar muchas veces.

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